El Centro de Psicología Aplicada pretende desde su blog, Psicología ComPartidA, divulgar la psicología en la comunidad universitaria con la intención de promover la salud física y mental. Nuestro objetivo es acercar el conocimiento a través de la publicación de artículos del ámbito psicológico y compartir noticias de actualidad.

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lunes, 19 de febrero de 2018

¿Sabemos escuchar cuando nos cuentan un problema? 9 estrategias para aprender a escuchar mejor

Fotografía: Pixaby, con licencia Creative Commons.

Ponte en situación: un/a amigo/a está muy triste porque su pareja ha decidido romper la relación. ¿Qué crees que le responderías en ese momento?

a)      Estate tranquilo/a. Ya verás cómo en un tiempo estás mejor y encuentras a alguien que te trate mejor. Todo va a ir bien.
b)      ¿Te ha dicho por qué ha decidido dejarte?
c)      No te preocupes. Lo mejor que puedes hacer es borrarle de las redes sociales y dejar de pensar en él/ella.
d)      Estando así no vas a conseguir nada. Se ha portado fatal contigo y no se merece que te pongas así.
e)      Vaya, se te ve muy triste por lo que ha ocurrido. Tiene que ser difícil estar en tu situación ahora mismo.

Es muy habitual que cuando alguien nos cuenta un problema no sepamos muy bien cómo reaccionar ni qué decir. Además, dado que a menudo nos duele ver a esa persona afectada, buscamos aliviar rápidamente su malestar (y, de paso, el nuestro).

En consecuencia, solemos emitir respuestas que tratan de modificar la emoción o animar  a la persona a pasar a la acción lo antes posible. En el ejemplo del inicio, se ven algunas respuestas típicas encaminadas a estos objetivos: consolar o animar (respuesta a), investigar lo que ha ocurrido (respuesta b), dar consejos para solucionar la situación (respuesta c) o juzgar cómo está actuando la persona (respuesta d).
Sin embargo, no es extraño que nuestro interlocutor, ante esas respuestas, reaccione con frases como “sí, claro, qué fácil es decirlo” o “no me entiendes”. E incluso que no reaccione así pero se sienta mal. Pero, ¿por qué ocurre esto?

Cuando respondemos a los problemas de la otra persona con respuestas como las anteriores, de una forma encubierta estamos diciéndole que lo que está sintiendo en ese momento no es adecuado, no tiene sentido o no nos parece bien. En resumen, estamos juzgando, sin quererlo, la forma en la que esa persona se siente, por lo que podemos hacer que la persona se sienta poco entendida. Además, le estamos pidiendo que haga algo para cambiar su emoción cuando probablemente la persona no esté preparada en ese momento para ello. Esto puede generar en ella agobio y malestar. Por último, le podemos estar transmitiendo que no debería tener emociones desagradables en su vida, lo cual es un objetivo inalcanzable, ya que a lo largo de la vida necesariamente vamos a tener situaciones que nos hagan sentir mal.

¿Qué puedo hacer entonces?
Para aumentar la probabilidad de que la persona se sienta cómoda, entendida y acogida, es importante que en un primer momento permitamos que la persona sienta esa emoción. En resumen, se trata de hacer sentir a nuestro interlocutor que sus respuestas emocionales tienen sentido y son entendibles en el contexto de lo que ha ocurrido.

Es lo que en Psicología conocemos como validación emocional, esto es, permitir y aceptar que la otra persona se sienta tal y como se siente, legitimando sus reacciones emocionales y dándoles la importancia necesaria, sin juzgarlas.

Pero, ¿cómo se validan las emociones?
A continuación, te proponemos algunos pasos que puedes seguir:

1.      Escuchar atentamente. Permite que la persona exprese cómo se siente. Aunque es difícil, trata de prestarle toda tu atención, no centrándote en qué vas a responder después. Probablemente, lo que más necesite la persona que te está hablando es alguien que la escuche y esté ahí. Mientras te lo cuenta, puedes acompañarla diciendo palabras como “vaya”, “entiendo”, “qué duro”…
  
2.      Respetar cómo se siente la otra persona. Aunque puedas no estar de acuerdo con cómo reacciona la persona (“yo no estaría así”, “no lo entiendo”), se trata de contemplar la posibilidad de que esa persona se pueda sentir así por lo que le ha ocurrido, aunque no lo compartas o entiendas necesariamente. 

3.      Dar una respuesta empática. Podemos transmitirle el tipo de emociones que vemos en ella (tienes un ejemplo de la respuesta “e” del ejercicio del inicio). “Te veo preocupado/a”, “por lo que me dices, debes de estar muy enfado/a”, etc.

4.      Preguntarle por cómo se siente. Si no nos ha contado cómo se siente, una opción es preguntárselo directamente. “Vaya, ¿y cómo te sientes con lo que ha pasado?”.

5.      Validar/normalizar la emoción. Consiste en hacerle ver que la forma en la que se está sintiendo es comprensible teniendo en cuenta la situación. “Es entendible que estés así”, “tiene que haber sido muy difícil para ti”, etc.

6.      No es recomendable dar un consejo si la persona no nos lo pide. Si le damos el consejo sin que haya habido una petición previa, puede entender que lo que está haciendo está mal, que no estamos de acuerdo con cómo está afrontando la situación o que nosotros lo haríamos mejor.

7.      Ofrecer nuestra compañía. Tras haber validado y atendido a sus respuestas emocionales, si lo valoramos conveniente, podemos preguntarle por lo que necesita o desea en ese momento. Además, podemos ofrecer nuestra ayuda, preguntando si hay algo que podamos hacer por él/ella.

8.      Guiar para la acción. También podemos ayudar a la persona a que vaya clarificando qué quiere hacer con lo que está ocurriendo. Así, conseguiremos que la persona comience a enfocarse a la acción y que perciba capacidad para afrontar la situación. “¿Has pensando en qué te gustaría hacer ahora?, ¿qué te planteas hacer con esto?”.

9.      Pensar en nuestras experiencias. Además de tener en cuenta los puntos anteriores, puede serte de ayuda pensar en algún momento en el que hayas compartido con alguien un problema. ¿Qué te hubiera gustado recibir por parte de la otra persona?, ¿qué necesitabas en ese momento? Reflexionando al respecto, podrás identificar otros comportamientos que te sean de ayuda.


Cristina Aristimuño de las Heras - Terapeuta del CPA. 

martes, 13 de febrero de 2018

CÓMO ANIMAR A UN FAMILIAR O AMIGO A IR AL PSICÓLOGO

A pesar de que la imagen de la psicología en España ha evolucionado notablemente, lo cierto es que en buena parte de la población aún perdura la convicción de que ir al psicólogo “es para personas débiles” o “únicamente para personas con una psicopatología grave”; y, por tanto, continúa mostrándose reticente a la hora de iniciar una terapia psicológica. En estos casos, los familiares y amigos que conviven con estas personas suelen preguntarse “¿Qué puedo hacer para que mi familiar/ amigo acuda al psicólogo?”.

 Fotografía: Min An, con licencia Creative Commons

v  En primer lugar, sería conveniente que las personas encargadas de hablar con nuestro familiar o amigo fuesen aquéllas con las que tuviese más confianza; cuántas menos mejor (preferiblemente, una o dos) para evitar que la persona pueda sentirse incómoda e intimidada.
v  Elegir el momento y el lugar adecuado para proponerle la opción de acudir al psicólogo. Así pues, en primer lugar, es recomendable evaluar el estado anímico de la persona para averiguar si es una buena ocasión para iniciar dicha conversación. A través de la observación de su lenguaje no verbal (expresión facial, postura corporal, etc.) o mediante preguntas tales como “¿Cómo te encuentras hoy?” o “¿Te sientes hoy lo suficientemente bien como para que hablemos un rato?” podremos valorar si es un buen momento para abordar el tema.
Con respecto al lugar más apropiado, resulta adecuado evitar hablar en reuniones familiares o lugares concurridos y procurar mantener dicha conversación en un ambiente doméstico.
v  Exponer lo que queremos de manera clara y directa (evitando ambigüedades e insinuaciones) para facilitar que la otra persona nos entienda y reducir las posibilidades de que nuestro mensaje sea ignorado o malinterpretado, con un volumen de voz adecuado y un tono de voz amable y moderado.
v  Emplear frases tales como Te noto diferente últimamente, ¿va todo bien? para iniciar la conversación. También podemos hacer referencia a cómo esta situación nos está haciendo sentir, empleando expresiones en primera persona del tipo “Yo me siento…” en lugar de “Tú me haces sentir…”.
v  Escuchar las razones por las que nuestro familiar o amigo no desea acudir al psicólogo y, en el caso de que sus argumentos se basen en creencias erróneas acerca de esta disciplina, intentar ajustarlas a la realidad.
Algunas de las razones más comúnmente empleadas para no ir al psicólogo, basadas en ideas preconcebidas sobre esta profesión, son las siguientes:

CREENCIA ERRÓNEA
    ¿CÓMO PODEMOS AJUSTARLA?
Lo único que hace el psicólogo es escuchar, para eso ya tengo a mis amigos

Mientras que un amigo es aquella persona que nos da consejos, que comparte nuestro punto de vista sobre las dificultades que nos están generando malestar y nos dice qué haría en dicha situación, un psicólogo es un profesional imparcial capacitado, no únicamente para escuchar, sino para proporcionarnos las estrategias con las que solventar dichas dificultades. Es importante recordar que por el mero hecho de hablar de nuestras dificultades, éstas no se solucionarán.

Me da vergüenza contar mis intimidades a un desconocido


Dicha creencia suele llevar aparejada otros pensamientos del tipo “Me juzgará”, “Pensará que soy…”, etc. Así pues, un psicólogo no nos juzgará ni criticará, sino que nos permitirá expresar nuestros pensamientos y sentimientos libremente.
Yo no estoy loco
El psicólogo es un profesional que no únicamente atiende psicopatologías o problemas mentales graves sino también dificultades de la vida diaria.

Si acudo al psicólogo significará que soy débil

Acudir al psicólogo no es un signo de debilidad sino una muestra de que estamos dispuestos a esforzarnos para encontrar una solución a nuestros problemas. Todas las personas pueden encontrarse con circunstancias que no son capaces de gestionar, y aprender estrategias más adecuadas para afrontarlas nos hará más fuertes ante futuras dificultades.

v  Ejemplificar nuestro discurso con la experiencia de una persona que, ante la presencia de determinadas dificultades, decidió acudir a un psicólogo.
v  Ayudarle en el proceso de búsqueda de un psicólogo y concertar una cita, aunque finalmente será la persona la encargada de decidir si finalmente acudirá o no, en qué zona, a qué profesional y cuándo.
v  Ofrecernos a acompañarle a su primera sesión.

Ante el rechazo de nuestro familiar o amigo de acudir al psicólogo:
v  Proponerle que acuda a un número determinado de sesiones (por ejemplo, a cuatro sesiones), con el propósito de favorecer que la persona forme una imagen más acertada acerca de la figura del psicólogo. Si tras acudir a este número de sesiones acordadas entre ambos la persona aún se mostrase reticente, tendría libertad para dejar la terapia si así lo desea.
v  Es importante no obligarle ni llevarle engañado/a.
v  Si estas pautas no surten efecto puede ser recomendable retomar la conversación en otro momento (teniendo en cuenta las recomendaciones anteriormente descritas). Es comprensible que a la persona le cueste cambiar su punto de vista por lo que darle un tiempo para pensarlo puede ayudar.

Por último, y como de costumbre, nos gustaría saber vuestra opinión al respecto: ¿En alguna ocasión habéis empleado alguna de estas estrategias para animar a un amigo o familiar a ir a terapia? ¿Os han resultado eficaces? ¡Os esperamos en los comentarios! 


Fotografía: John Paul Tyrone Fernández, con licencia Creative Commons

Irene Álvarez Ossorio – Terapeuta del CPA

Referencias bibliográficas:
-       Erro, J. (2016). Saldremos de ésta. Guía de salud mental para el entorno de la persona en crisis. Biblioteca Social Hermanos Quero: Granada. 
-       
Roca, E. (2014). Como mejorar tus habilidades sociales. ACDE Ediciones: Valencia.

lunes, 5 de febrero de 2018

¿Qué tipo de persona eres? ¡Descúbrelo aquí!

¡Responde a estas preguntas y descubre qué tipo de persona eres! Cada pregunta tiene tres opciones, de las cuales SÓLO puedes marcar una. ¡Suerte!

1.      Siempre que me propongo algo:
a)      Lo consigo.
b)      Lo abandono.
c)      Fracaso.

2.      A lo largo de mi vida, siempre he demostrado ser:
a)      Inteligente.
b)      Tonto.
c)      Brillante

3.      Todo lo que hago lo hago:
a)      Mejor que los demás.
b)      Peor que los demás.
c)      Exactamente igual que los demás.

4.      Toda la gente que me conoce piensa de mí que:
a)      Soy una persona muy cercana y cariñosa.
b)      Soy una persona arisca y borde.
c)      Soy una persona que se enfada sin motivo.

5.      Cada vez que conozco una persona nueva:
a)      Le caigo bien enseguida.
b)      Me cuesta encontrar “química” entre los dos.
c)      Soy muy patoso y digo algo que no debería.

Ahora, para conocer qué tipo de persona eres, otorga 3 puntos a cada respuesta marcada con la opción a); 2 puntos para…


Vamos a parar aquí.

Quizá este test, aunque corto, te haya sido algo complicado de responder. Las instrucciones eran muy claras: solo se puede marcar UNA de las respuestas. Sin embargo, todas las preguntas trataban sobre cómo te sientes o te comportas en TODAS las situaciones, ¿Es fácil entonces responder con SOLO una de las opciones?

Si habéis respondido a las preguntas, aunque sea mentalmente, seguramente os hayáis decantado por alguna de las opciones. Si no es así, os invito a que intentéis hacerlo. Ahora que os habéis posicionado con una de las opciones os propongo algo: pensad en al menos dos o tres situaciones de vuestra vida que se ajusten a cada una de las dos opciones que NO habéis seleccionado.
Seguramente esto os haya llevado algo de tiempo pero no demasiado esfuerzo. Seguramente os hayáis dado cuenta de que es absurdo marcar solo una de las opciones, ya que quizá todas las opciones os pueden representar. Lamentablemente, todo ello implicaría que os he hecho perder el tiempo con un test que no sirve para ABSOLUTAMENTE NADA ya que no da ningún tipo de información sobre qué tipo de persona eres.

Puede parecer un test ridículo, pero tiene mucha similitud con los pensamientos que a menudo experimentamos sobre nosotros mismos. Cuando nos hacemos la pregunta de ¿Cómo somos? en realidad intentamos responder a la pregunta ¿Cómo somos el 100% de las veces que pasa X?

Y, sorpresa, somos estupendos respondiendo a ese tipo de preguntas, por absurdas que parezcan. Respondemos que somos inútiles, inhábiles, peores que los demás… y nos quedamos con esa respuesta postulando como verdadero que nos comportemos así en absolutamente todas las situaciones.

Al igual que el test que habéis hecho antes ha sido una auténtica pérdida de tiempo, dar crédito a estos pensamientos sobre nosotros mismos también lo es. Aunque para las personas es muy cómodo poner etiquetas para describir el mundo y así poder relacionarnos con él, esas etiquetas nos limitan a la hora de pensar sobre nosotros mismos. Cuando nos asignamos una etiqueta solo vemos una pequeña parte de lo que somos, quizá sólo el presente, o el pasado, o lo bueno, o lo que no le gusta a otras personas; y omitimos todo lo demás.

Esta omisión no solamente muestra una visión sesgada de nosotros mismos, sino que facilita la aparición de malestar. Es comprensible y esperable que nos sintamos mal en algún momento debido a que nos encontraremos en situaciones en las que no aceptemos los que sentimos, hacemos o pensamos porque nosotros-no-somos-así (de débiles, de ansiosos, de egoístas, de inútiles); o incluso creamos que somos incapaces de hacer aquello que nos gustaría porque, de nuevo, nosotros-no-somos-así. Y ese malestar sí que no sirve para absolutamente nada.

¿Quién soy? Creo que no tiene sentido esa pregunta. Prefiero preguntarme en cada situación quién… voy siendo.

Fotografía: Ashley Campbell, con licencia Creative Commons.


Eduardo Alonso - Terapeuta

lunes, 22 de enero de 2018

Menores y nuevas tecnologías: ¿Combinación alarmante?

Fotografía: Fotos TVN, con licencia Creative Commons.

Las nuevas tecnologías se han convertido en una de las herramientas más utilizadas por los más jóvenes. Esto ha generado grandes ventajas: acceso a la información, aumento de las relaciones sociales, contacto con personas del otro lado del mundo, poder hacer compras por internet, etc. Sin embargo, es importante saber cómo utilizar internet pues implica una serie de riesgos, tanto para adultos como para menores. En el caso de estos últimos es aún más complicado, ya que pueden desconocer cómo defenderse o actuar ante una situación comprometida.
El papel de los adultos es crucial en este caso, y en ocasiones los padres no saben cómo actuar ante estos riesgos. Por este motivo, os presentamos algunas pautas preventivas para evitar posibles riesgos con los menores:
·       Establecer criterios de edades para utilizar el móvil, el ordenador, la Tablet, así como el acceso a distintos servicios y contenidos.
·       Fijar hábitos para no entrar en páginas que no sean fiables, y usar contraseñas seguras, cambiándolas de forma periódica.
·       Poner normas de uso (horarios para utilizar los dispositivos, apagar el móvil en el colegio o al dormir, etc).
·       Proteger los equipos con instalaciones seguras, y educar a los menores para distinguir cuando están accediendo a contenido peligroso o inapropiado, desconfiar de los mensajes extraños recibidos a través de las redes sociales, no introducir datos personales ni económicos en formularios sospechosos, etc.
A continuación, vamos a profundizar en uno de los posibles riesgos al que los menores se enfrentan a través de las nuevas tecnologías: el ciberacoso.
¿Qué es el ciberacoso?
Se define como el uso y difusión de información, real o ficticia, con ánimo lesivo o difamatorio y en formato electrónico a través de: correo electrónico, redes sociales, mensajes de texto a través de móvil y publicación de videos o fotografías en plataformas de difusión de contenidos.
¿Cómo se manifiesta?
Entre las características más comunes destacamos:
·       Colgar en internet una imagen o vídeo comprometido (real o imaginario) o datos que puedan perjudicar a la persona y difundirlo entre su entorno.
·       Robar la clave de correo electrónico o redes sociales para leer sus mensajes, violando su intimidad e impedir que la persona pueda consultar su información.
·       Dar de alta en determinados sitios la dirección de correo electrónico de la persona acosada para que sea víctima de spam, contactos desconocidos, etc.
·       Circular rumores acerca de un comportamiento reprochable y ofensivo por parte de la persona, que facilitan que otros, sin poner en duda lo que leen, le critiquen y acosen.
·       Llamar o enviar mensajes amenazantes a la persona por e-mail, WhatsApp, redes sociales…
¿Qué efectos puede tener en el menor?
-Cambios en el estado de ánimo: cambios de humor, momentos de tristeza, de indiferencia, reacciones agresivas inusuales, así como reservas en la comunicación.
-Cambios en su red social: repentina pobreza de relaciones sociales, falta de defensa ante bromas públicas, miedo a salir de casa, entre otros.
-Cambios en sus hábitos: de asistencia a clase, afectación al rendimiento académico, cambios en sus actividades de ocio, en el uso de dispositivos móviles o internet, etc.  
¿Qué líneas de actuación puedo llevar a cabo?
-Si se conoce a la persona que realiza el acoso: ponerse en contacto con él y sus padres. Si los menores van al mismo centro, informar al centro y llevar a cabo el protocolo de actuación ante casos de acoso.
-Si se desconoce la persona que realiza el acoso: si la persona lo hace desde el anonimato o utiliza nombres falsos, habrá que contactar con los administradores de los servicios electrónicos utilizados para llevar a cabo el acoso. Por otro lado, se puede denunciar ante las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, pues cuentan con una unidad especializada en delitos tecnológicos y la persona que realiza el acoso puede ser identificada.
¿Qué diferencia hay entre el acoso escolar y el ciberacoso?
El bullying o acoso escolar, comparte aspectos básicos como intencionalidad, desequilibrio de poder y recurrencia de acciones con el ciberacoso, pero este último cuenta con el anonimato en las acciones por parte de la persona que acosa, se extiende la difusión y la audiencia de las agresiones, así como desinhibición virtual en los participantes. Si quieres profundizar sobre el acoso escolar puedes leer esta entrada que recupero de nuestro blog:  http://psicologia-cpa.blogspot.com.es/2017/12/bullying-como-reconocer-y-actuar-frente.html

¡Esperemos que haya sido de vuestro interés!

Elena Ballesteros-Terapeuta del CPA

Referencias Bibliográficas:
Avilés, J. (2012). Guía de actuación contra el ciberacoso. Madrid: INTECO. Ministerio de Industria, Energía y Turismo.

Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz. Educar a los menores en el uso sin riesgos de Internet. Recuperado de http://www.vitoria-gasteiz.org/docs/wb021/contenidosEstaticos/adjuntos/es/28/95/32895.pdf

domingo, 14 de enero de 2018

¡Tranquilo/a! Es un ataque de pánico

¡Ya estamos de vuelta! ¿Qué tal has pasado la Navidad? Puede que seas de los que odian esa época, las reuniones familiares, largas colas en las tiendas y ver a Papa Noel allá donde mires. O, por lo contrario, te encanta el periodo navideño, te pones jersey con renos y cantas villancicos, pero los exámenes de enero no te permiten disfrutarlo como te gustaría.

Seas del grupo que seas, es una época del año complicada para muchas personas, y puede que, en algún momento, hayas experimentado malestar, sensaciones fisiológicas intensas y se te hayan pasado por la cabeza pensamientos como “¿qué me está pasando, es normal esa taquicardia o me está dando un infarto?”. Si te resulta familiar o conoces a alguien a quien le haya pasado, sabrás que podemos estar ante lo que definimos como un ataque de pánico.

 Fotografía: Una cierta mirada, con licencia Creative Commons


Un ataque de pánico se define como un miedo intenso, malestar elevado y sensación de peligro, acompañados de sensaciones fisiológicas como taquicardia, mareo, sensación de ahogo, sudoración, etc. Ante el malestar experimentado, la persona suele realizar conductas como escaparse de la situación, poner fin a la fuente del malestar o distraerse. Ciertas variables (el contexto, la intensidad del ataque, la interpretación de éste, etc.) pueden contribuir a que esta experiencia afecte negativamente a la persona, interfiriendo en su vida de manera significativa. Aparece una preocupación constante por sufrir un nuevo ataque y miedo ante posibles consecuencias catastróficas de éste. También pueden generalizarse los contextos que la persona identifica como desencadenantes de los ataques, por ejemplo, si ha sufrido un ataque de pánico en el metro, tendrá miedo y puede que evite usar todos los medios de transporte público con características parecidas (bus, tren, tranvía, etc.). 
A continuación, te dejamos un resumen de los aspectos más importantes de los ataques de pánico: 

¿Qué puede pasar?
·   Experimentar miedo, malestar, preocupación, sensación de peligro, etc.
·   Sentir sensaciones fisiológicas como: mareo, taquicardia, sudoración, temblores, sensación de falta de aire o ahogo, nudo en el estómago, tensión muscular, opresión en el pecho, nauseas, hormigueo, escalofríos...
·   Pensar: “me está dando un infarto, me voy a desmayar, haré el ridículo, me estoy volviendo loco, qué vergüenza, ya se están fijando en mí…”
¿Cuándo y dónde?
Es una pregunta imposible de responder, ya que podemos sufrir un ataque de pánico en cualquier momento y lugar. No obstante, a menudo la gente relaciona estos ataques con un sitio concreto, un momento del día o incluso la presencia de alguien, por lo que puede anticipar la aparición de éste.
¿Qué hago normalmente?
La primera respuesta, casi automática, que llevamos a cabo es escaparnos del contexto en el que se está desarrollando el ataque de pánico, poniéndole así fin al malestar que experimentamos en ese momento. Si no podemos irnos de la situación, por lo menos intentaremos distraernos y centrar nuestra atención en otra cosa. En el futuro, evitaremos este tipo de situaciones.
¿Qué error cometo?
Escapándonos o evitando la situación, a corto plazo efectivamente conseguimos disminuir el malestar que experimentamos, por lo que es normal que nuestra primera reacción sea así. No obstante, a largo plazo no desarrollamos las estrategias adecuadas para afrontar nuestro problema. Éste persiste o incluso empeora, ya que acabamos temiendo y evitando cada vez más contextos, con tal de prevenir cualquier posibilidad de sufrir un nuevo ataque de pánico. Además, a menudo a lo que realmente tememos son nuestros pensamientos y anticipaciones que generamos. No llegamos a comprobar si las consecuencias temidas realmente son ciertas y si son tan horribles como nos las imaginamos (¿realmente acabaríamos teniendo un infarto o nos desmayaríamos si no llegásemos a escaparnos?)
¿Qué debo hacer?
La respuesta es: exponte. Quédate haciendo la tarea que estabas realizando en ese momento. Lo mejor de la ansiedad es que dura un tiempo limitado por lo que tal y como ha venido, se irá. Primero subirá, hasta alcanzar un pico que puede durar un tiempo, pero antes o después bajará. Sin la necesidad de escaparte o distraerte. Y podrás comprobarlo sólo si te quedas y te atreves a exponerte a todas esas sensaciones indeseadas que queremos evitar a toda costa. Así comprobarás de primera mano que todo lo que tanto temes (desmayarte, hacer el ridículo, morir) en realidad no pasa. Además, es muy importante lo que piensas en ese momento: céntrate en lo que realmente sientes (“tengo taquicardia”) y no permitas que los pensamientos catastrofistas se apoderen de ti (“me está dando un infarto”). Puede resultar beneficioso mandarnos mensajes como “esto, tal y como ha empezado, acabará”, “estoy sintiendo taquicardia pero esto no implica nada más allá que mi corazón late más deprisa”, “puedo con esto porque ya lo he superado antes”, “es desagradable pero cada vez me pasa menos y lo controlo mejor”, etc.
Nota: empezar a exponerte a las sensaciones fisiológicas que temes puede resultar complicado y debe hacerse en condiciones adecuadas. Buscar ayuda profesional y acudir a terapia para aprender a manejar los ataques de pánico, acompañado de un experto, es la opción más recomendada.




Así que, si alguna vez experimentas las sensaciones descritas en esta entrada, ya sabes, ¡tranquilo/a!, es un ataque de pánico y tal como viene, se va. Con la diferencia de que ahora ya sabes cómo actuar para hacerle frente.

Si te apetece saber más sobre el tema, puedes consultar el Protocolo de intervención clínica para los problemas de pánico y agorafobia (http://www.uam.es/centros/psicologia/paginas/cpa/paginas/doc/documentacion/rincon/protocolo_panico_agorafobia.pdf) o el videoblog ¿Qué es la ansiedad? (https://www.youtube.com/watch?v=I26zZsIzsyM&t=) realizado por el equipo del CPA. Como siempre, si la problemática tratada en esta entrada te causa malestar y afecta negativamente a tu vida, no dudes en contactar con nosotros, ya que, en el CPA, contamos con profesionales cualificados que podrán ayudarte.

¡Esperamos que te haya resultado útil!

Kaja Chmielowiec – Terapeuta del CPA.

Bibliografía recomendada:

Calero, A. y Bados, A. (2010). Protocolo de intervención clínica para los problemas de pánico y agorafobia. Madrid: UAM.