El Centro de Psicología Aplicada pretende desde su blog, Psicología ComPartidA, divulgar la psicología en la comunidad universitaria con la intención de promover la salud física y mental. Nuestro objetivo es acercar el conocimiento a través de la publicación de artículos del ámbito psicológico y compartir noticias de actualidad.

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domingo, 19 de noviembre de 2017

7 ERRORES QUE COMETEN LOS PACIENTES EN TERAPIA

Existe toda una serie de variables que determinan el éxito de una terapia psicológica. La variable que más peso tiene a la hora de determinar un resultado satisfactorio es la relación paciente-terapeuta (hasta un 45%). Sin embargo, no por ello los demás factores son menos importantes. Existen numerosos artículos sobre la transcendencia de la actuación del terapeuta. En cambio, el rol del paciente no ha obtenido el mismo interés por parte de los investigadores, lo cual resulta sorprendente teniendo en cuenta la importancia de éste.

Fotografía: Heather aka Molly, con licencia Creative Commons.

A continuación, presentamos los 7 errores más comunes que cometen los pacientes al acudir a terapia y que pueden dificultar su éxito:  

1.  Falta de motivación – se insiste mucho en el rol activo del paciente y en su compromiso con la terapia ya que, por muy buen profesional que sea el terapeuta y por mucho esfuerzo que haga, si la persona no está dispuesta a colaborar, su trabajo será en vano. El terapeuta guiará el proceso psicoterapéutico, pero será el paciente el que ponga lo aprendido en práctica, aplicando así las estrategias entrenadas durante las sesiones en su día a día. Por eso, la motivación será posiblemente la variable que más peso tenga dentro de las que dependan del paciente e influirá directa o indirectamente sobre los demás factores enumerados a continuación.

2.  No hacer las tareas – es imprescindible que la persona practique lo aprendido con su terapeuta en un contexto natural, en el que realmente aparece el problema (p.e. en su casa, con un grupo de amigos o delante de su jefe). De esta manera, consigue extrapolar lo aprendido en sesión a las situaciones que le cuesta manejar en su vida diaria. Por ello, si el paciente no hace las tareas de manera regular, los avances serán más lentos.

3.  Falta de sinceridad – la relación terapéutica es una relación muy particular y tiene un gran impacto sobre los resultados de la terapia. En ocasiones, algunos pacientes no se muestran sinceros con su terapeuta. A menudo, sobre todo si se trata de un tema socialmente “mal visto” o considerado poco ético, puede hacerlo por el temor de caer mal o ser juzgado. Sin embargo, no hay que olvidar que el terapeuta es un profesional cuyo objetivo no es realizar juicios subjetivos sobre sus pacientes sino actuar de guía en el proceso terapéutico, rol que podrá ejercer de manera mucho más eficaz si cuenta con la información necesaria y lo más veraz posible.

4.  Abandonar la terapia prematuramente – la terapia a menudo resulta ser un proceso largo y costoso, tanto a nivel económico como psicológico. Por eso, algunos pacientes deciden ponerle fin en cuanto observan alguna mejoría, suponiendo que ya han aprendido a gestionar sus problemas. No obstante, existe un efecto de “mejora espontánea” que puede aparecer incluso tras pocas sesiones y que se debe a que la persona percibe que está siendo más activa para solucionar su problema, se vuelve más consciente de los factores que generan y mantienen su malestar y experimenta un claro desahogo al poder compartir sus preocupaciones con un profesional. Sin embargo, esa sensación no significa que la demanda por la que acude a la terapia haya desaparecido. Aunque a corto plazo se encuentre mejor, es posible que todavía no cuente con las estrategias necesarias para hacer frente a las dificultades que le han llevado a buscar ayuda profesional. Es importante confiar en el criterio del terapeuta, que gracias a sus conocimientos y experiencia, sabrá indicarnos el momento oportuno para finalizar la terapia.

5.  No acudir a las sesiones de manera semanal – es un error que suelen cometer pacientes que por sus circunstancias personales tienen limitados recursos como el tiempo o el dinero. La idea es ahorrar dichos recursos acudiendo a la terapia cada 15 días o más. No obstante, la consecución de los objetivos terapéuticos no depende del tiempo (meses, años) que la persona esté en terapia sino del número de sesiones. Realizar una terapia exitosa con sesiones quincenales es posible, no obstante, existe un gran número de estudios que apoyan la eficacia de las sesiones semanales en comparación con otras modalidades.

6.   Llegar impuntual – a todos nos puede surgir un imprevisto que nos impida llegar puntual a un encuentro. No obstante, si esto pasa con frecuencia y el paciente acude a menudo tarde a sesión, se pierde parte del ya de por sí limitado tiempo con el que cuenta el terapeuta para conseguir los objetivos marcados para esa sesión. De esa manera, la terapia se prolongará más de lo necesario, además de dificultar la labor del profesional.

7. Expectativas irreales – esta variable se caracteriza por dos aspectos que podrían entorpecer el éxito de una terapia. Por un lado, en ocasiones los pacientes plantean objetivos poco realistas como cambiar el comportamiento de otra persona, u otros muy generales como “ser feliz”. Por otro lado, siguen vigentes algunos estereotipos acerca del proceso terapéutico: terapia como una charla en un diván durante la cual el profesional da consejos que funcionarán como una “varita mágica” resolviendo nuestros problemas sin que suponga hacer un esfuerzo por nuestra parte. El trabajo del terapeuta consistirá en ajustar dichas expectativas, no obstante, puede resultar beneficioso que la persona haga un trabajo autónomo previo y reflexione acerca de qué es lo que espera solucionar acudiendo a la terapia y cómo se imagina el proceso.

Si estás pensando buscar ayuda psicológica o ya estás dentro de un proceso psicoterapéutico, podría resultarte útil reflexionar sobre las cuestiones abordadas en esta entrada. De esta manera, tendrás la oportunidad de corregir los errores con los que te has sentido identificado y sacar el máximo provecho de la terapia.

Como siempre, ¡esperamos que os resulte de utilidad!

Kaja Chmielowiec - terapeuta del CPA

Bibliografía recomendada:

Santibáñez, P.M., Román, M. F., Lucero, C., Espinoza, A. E., Irribarra, D. E. y Müller, P. A. (2008). Variables Inespecíficas en Psicoterapia. Terapia psicológica, vol. 26, n° 1, 89-98. 

domingo, 12 de noviembre de 2017

¿Estás aquí en este instante? Cómo centrarse en el momento presente

Fotografía: Ajusticenetwork, con licencia Creative Commons.
Habitualmente invertimos gran parte de nuestro tiempo pensando en el futuro: tareas pendientes, preocupaciones, planificaciones, etc. También reflexionamos sobre hechos de nuestro pasado: aquella discusión que tuvimos, el error que cometí y que me atormenta, las vacaciones del verano anterior, etc. Esta situación se ve además agravada por la omnipresencia tecnológica, que nos otorga la capacidad de estar en varios sitios a la vez. Pero, ¿cuándo dedicamos tiempo a estar en el presente, a estar en lo que hacemos?, ¿somos incapaces de estar aquí y ahora?
¿Qué pasa por no “estar” en el presente? ¿Tiene algo de malo?

Lógicamente, poder pensar en el futuro y en el pasado nos aporta importantes beneficios, dado que nos permite organizarnos y anticiparnos, así como aprender de nuestros errores y recordar situaciones agradables. El problema es cuando pasamos demasiado tiempo pensando sobre estos otros momentos, pudiendo aparecer problemáticas como la ansiedad y la depresión, entre otras.
En este contexto, en el que estar en el momento presente resulta cada vez más complicado, técnicas como el mindfulness van adquiriendo cada vez más protagonismo en nuestra sociedad.

¿Qué es el mindfulness?

Consiste en prestar atención o conciencia plena al momento presente, procurando no modificar ni juzgar lo que se siente o se percibe. Es decir, se busca que la persona que lo practica mantenga un rol de observador.

En el mindfulness, al contrario de lo que muchas veces se cree, no se trata de dejar la mente en blanco sino de sentir y percibir lo que ocurre aquí y ahora.

¿Qué beneficios tiene centrarse en el presente?

Entre otros muchos beneficios, destacamos una mejor focalización atencional, la reducción de los niveles de estrés y ansiedad (al dejar de anticipar y estar en varias tareas simultáneamente) y el mayor conocimiento y aceptación de nuestros eventos privados, que facilita su regulación.
Igualmente, al desconectar el “piloto automático” conseguimos aumentar el disfrute de nuestras actividades cotidianas.
¿Y cómo puedo empezar yo a practicar mindfulness?

Antes de nada, es importante tener en cuenta que mientras hacemos este tipo de ejercicios inevitablemente nuestra cabeza se irá a otro sitio y pensaremos en diferentes cosas. Cuando esto ocurre, lo conveniente es ser amable con uno mismo (no enfadarse, frustrarse o juzgarse), entender que es algo habitual y volver a centrar la atención en donde queremos tenerla. Asimismo, trataremos de aceptar experiencias desagradables que podamos sentir sin tratar de evitarlas.
Con respecto a las prácticas iniciales, tenemos varias opciones:
  • ·        Respiración

Cuando se empieza a practicar la atención plena se recomienda emplear la respiración como elemento a observar. Puedes sentarte de forma cómoda, con la espalda apoyada, y comenzar a observar cómo el aire entra y sale de tu cuerpo, sin tratar de modificar el ritmo de tu respiración. Como comentábamos antes, cuando aparezcan pensamientos distractores vuelve tranquilamente a atender a tu respiración. Empieza por tiempos cortos (5-10 minutos) y ve aumentándolos. Si eres una persona activa, también puedes practicar este ejercicio caminando.
  • ·        Body Scan

Otra práctica muy extendida consiste en efectuar un “escaneo corporal”, tanto en posición sentada como tumbada. Ve explorando cada parte de tu cuerpo y detente en ella, observando las sensaciones y sin querer modificar nada: ¿está tensa?, ¿dónde está apoyada?, ¿está en contacto con tu ropa? Cuando hayas terminado con esa zona, pasa a otra área.
  • ·        Actividades cotidianas

Hay multitud de actividades que realizamos con el “piloto automático”, como comer, lavarse los dientes, fregar o andar. De hecho, muchas veces compaginamos las actividades cotidianas con otras: comer viendo la televisión o repasando el examen que tenemos después, andar usando el WhatsApp o fregar mientras hablamos con alguien.  
Para poder prestar atención plena en estas y otras actividades, lo recomendable es que vayas prestando atención a tus cinco sentidos: ¿qué ves?, ¿qué forma tiene lo que ves?, ¿de qué color es?, ¿oyes algo?, ¿qué siente tu cuerpo?, ¿qué tacto tiene?, etc.

Recuerda que, como cualquier aprendizaje, conseguir atender al presente requiere constancia y esfuerzo. Así que ármate de paciencia y verás cómo los cambios se van dando progresivamente. Por último, como siempre, te esperamos en los comentarios del blog para cualquier duda o sugerencia.

Cristina Aristimuño de las Heras – Terapeuta del CPA.

Bibliografía recomendada:

Lavadilla, M., Molina, D. y López, B. (2008). Mindfulness o cómo practicar el aquí y el ahora. Barcelona: Ediciones Paidós.


Siegel, R. D. (2010). La solución mindfulness. Bilbao: Descleé de Brouwer.

lunes, 6 de noviembre de 2017

“MAMÁ, PAPÁ, ¡NO QUIERO TENER UN HERMANITO!”: LOS CELOS INFANTILES

Los celos se definen como una emoción compleja, formada por el miedo, la tristeza, la rabia y la autocrítica, que surge como consecuencia del temor del niño a perder el afecto de sus padres. Son diversas las situaciones que pueden ocasionar que el menor experimente dicha emoción; entre ellas, el nacimiento de un hermano. Mientras que para los progenitores la llegada de un nuevo miembro a la familia es motivo de júbilo, dicho acontecimiento puede convertirse en una fuente de malestar para el menor y ocasionar que viva este episodio con tristeza, desasosiego e, incluso, sensación de abandono.

Son diversas las estrategias que los padres pueden poner en marcha con el propósito de prevenir la aparición de los celos y fomentar que el menor aprenda a compartir el afecto y la atención de los padres con su hermano. Algunas de ellas son las siguientes:

DURANTE EL EMBARAZO
-  Informar al menor de la llegada de un nuevo hermano desde el inicio del embarazo.
-  Mantener sus rutinas y hábitos (horario para dormir, aseo y comida).
-   En el caso de que el niño deba cambiar de habitación, anticipar dicha circunstancia con cierta antelación, con el propósito de que no asocie el cambio de habitación con la llegada del bebé y se sienta desplazado.
-   Hacerle partícipe de los preparativos para la llegada del nuevo hermano (por ejemplo, dejarle opinar sobre la nueva habitación, ayudar en el montaje de la cuna, elegir su ropa, etc.).
-   Ajustar las expectativas que el menor ha creado acerca del bebé: hablarle de cómo era él cuando era un bebé e, incluso, mostrarle fotos y objetos que le pertenecieron, con el propósito de evitar comentarios del tipo “Es muy feo”, “No sabe jugar conmigo” o “Sólo sabe llorar” cuando el nuevo miembro llegue a casa, verbalizaciones que constituyen una prueba evidente del rechazo hacia su hermano porque no cumple con sus expectativas.

DURANTE LA ESTANCIA HOSPITALARIA
-   Preparar con antelación con quién se quedará el menor el día del parto e informarle al respecto.
-   Es recomendable que el niño acuda a visitar a su hermano al hospital. Si no es posible, procurar la comunicación telefónica entre la madre y el menor.

CONVIVENCIA DIARIA
-   Mostrar afecto y atención al menor de manera frecuente para que perciba que es querido.
-   Reconocer el comportamiento celoso como una reacción natural.
-   Hacer caso omiso de los comportamientos inadecuados manifestados por el niño. Entre dichas conductas destacan desobedecer a los padres, mostrarse inquieto cuando se está atendiendo a su hermano,  incordiar deliberadamente al bebé (despertarle de su sueño, quitarle el chupete, etc.) o mostrarse agresivo (insultar, golpear e, incluso, agredir físicamente).
-   Reforzar su estatus de hermano mayor, responsabilizándole del cumplimiento de tareas simples relacionadas con el bebé como, por ejemplo, comprobar si duerme o está despierto, si hace frío o calor en la habitación, etc.
-   Hablar con él acerca de cómo le ha afectado la llegada del bebé y educarle en el control de sus emociones (aprender a tolerar la frustración, responder ante situaciones ansiógenas de manera adecuada, etc.).
-   Evitar comentarios del tipo “¡Cuidado con tu hermano!” ante los intentos de aproximación del menor al recién nacido, los cuales favorecen que refuerce su idea de que “su hermano es más valioso que él”.
-   Evitar en presencia del menor temas de conversación que se centren exclusivamente en el bebé.


En definitiva, los comportamientos celosos son reacciones naturales propias de la edad, las cuales contribuyen a la maduración e independencia de los menores. A la hora de intervenir sobre dicha problemática, el afecto, la atención y la seguridad proporcionadas por los progenitores resultan fundamentales, además de la aplicación de las estrategias adecuadas. Esto permitirá que los celos iniciales vayan remitiendo progresivamente, dando paso a una relación saludable entre hermanos entre cuyas características fundamentales destaca el respeto mutuo. Aun así, si una vez transcurrido un intervalo de tiempo razonable, estos comportamientos no desaparecen, es conveniente recurrir a la ayuda de un profesional. ¡En el CPA podemos ayudarte! 

Fotografía: Diego Mena, con licencia Creative Commons

Por último, y como de costumbre, nos gustaría saber vuestra opinión al respecto: ¿En alguna ocasión habéis empleado alguna de estas estrategias ante determinados comportamientos celosos de vuestros hijos? ¿Han resultado eficaces? ¡Os esperamos en los comentarios!

Irene Álvarez Ossorio – Terapeuta del CPA

Referencias bibliográficas:
-        De Santiago, F. J. y García, M. (1998). Los celos infantiles. Revista Padres y Maestros, 234, 10-13.
-        Hidalgo, E. (2010). Los celos infantiles. Revista Enfoques educativos, 55, 168-177.
-        Recuero, R. y Bonet de Luna, C. (2005). Los celos infantiles. Revista Pediatría de Atención Primaria (7), 27, 53-61. 

lunes, 30 de octubre de 2017

Carta abierta al Sufrimiento

Estimado Sufrimiento:

Buenos días. Me pongo en contacto con usted quizá por última vez. No me malinterprete, esto no es un “adiós”, ni tan siquiera un “hasta luego”. Nos veremos a menudo, eso lo sé, pero voy a dejar de escribirle y, en la medida de lo posible, de prestarle atención.

Naturalmente, usted se preguntará por qué he tomado esta decisión después de tantos años de relación. Usted y yo nos conocimos desafortunadamente siendo yo muy jovencito, que fue cuando comencé a escribirle pidiéndole que, con la mayor premura posible desapareciera de mi vida. Habitualmente usted contestaba con una gran cantidad de consejos, de cosas que debería hacer o dejar de hacer para no volver a verle el pelo nunca más. Tenía tantas ganas de perderle de vista que me tomaba sus pautas al pie de la letra e incluso se las agradecía. Le agradecí que me recomendara no hablar con aquellos chicos, por si se reían de mí. Le agradecí que me previniera de decir “no” alguna vez a alguien, por si eso hacía que dejaran de quererme. Le agradecí su recomendación de no presentar aquel Curriculum, por si les parecía escaso o por si pensaban que yo era un fracasado.

Le estuve agradecido hasta que me di cuenta de algo. Sentía tanta necesidad de aquellos consejos y advertencias que no caí en la cuenta de algo enormemente obvio: usted nunca se iba. Es verdad que dejábamos de vernos durante breves espacios de tiempo, pero nunca se llegó a ir. Y no solo eso sino que usted, con todas aquellas advertencias y pautas, había controlado todos los ámbitos de mi vida. Advertí también que ya no solo nos encontrábamos ocasionalmente, sino que era yo quien le buscaba a usted constantemente pidiéndole más consejos para no volver a verle. Paradójico ¿verdad? Había dejado de tomar decisiones libremente, e incluso había dejado de preguntarme qué me ilusionaba o qué me apetecía hacer. Vivía solo para conseguir evitarle.

Estuve tentado, tras darme cuenta de todo ello, de odiarle a usted y de odiarme a mí mismo por haber estado tan ciego y por haber cometido el error de confiar en usted. Pero luego caí en la cuenta de que usted solo hacía su trabajo y lo hacía de manera eficaz. Creo de verdad que ha intentado protegerme de usted mismo y creo que, en parte, lo ha conseguido. Ha habido múltiples ocasiones en las que usted y yo no hemos llegado a coincidir gracias a sus maravillosos consejos y le estoy agradecido por ello.

Sin embargo, le escribo porque ya no los quiero. Sus servicios son excelentes, qué duda cabe,  pero el precio es demasiado caro ya que los tengo que pagar con mi vida. Le diría que no es nada personal, pero creo que en este caso no hay nada más personal. Espero que lo entienda.

Me imagino su cara al leer estas líneas. Le imagino impasible ante el papel, dando por hecho que tiene la sartén por el mango. De hecho, sonríe de lado pensando “¿Y éste qué se cree, que porque a él le apetezca se va a poder librar de mí, así, por su cuenta? ¿No se le ha ocurrido pensar que yo siempre voy a estar ahí? ¿Qué a mí no se me despista tan fácilmente?”.

Querido amigo, como le decía al principio de la carta, esta es la última vez que me pongo en contacto con usted. Tengo claro que no se va a ir nunca, que necesariamente nos encontraremos a lo largo de mi vida. Es más, hay situaciones en la vida que no me imagino sin que usted esté presente porque es su trabajo. Lo que cambia es que yo voy a dejar de buscarle y de evitarle. Lo que cambio es que ya no quiero resignarme a sobrevivir a nuestros encuentros. Lo que cambio es que sé que nos volveremos a ver las caras y que ello no me va a matar porque mi vida ya no le pertenece. Me pertenece a mí, y voy a luchar por ella.

Hasta que nos volvamos a ver, querido compañero.

Un abrazo.
Fotografía Kartikay Sashay, con licencia Creative Commons




Nota del autor:

Hay algo que nos une a todas las personas del planeta: el sufrimiento. A nadie le gusta sufrir, y por eso hacemos todo lo que esté en nuestra mano para evitar experimentar esta sensación tan desagradable. “Evitar aquello que no nos gusta” es una regla que funciona muy bien para sentirse mejor la mayoría de las veces, como cuando te sube una araña por el pantalón y la apartas de un manotazo, o como cuando cierras la ventana para aislarte del ruido de la calle.

Sin embargo, cuando hacemos algo con el objetivo de evitar sufrir ¿realmente que conseguimos? Al principio, cuando evitamos aquello que nos produce malestar, nos sentimos aliviados momentáneamente. Sin embargo, ese malestar siempre vuelve y ya no solo sufrimos por ello, sino que obtenemos sufrimiento extra por no saber/poder expulsar definitivamente ese sufrimiento. Efectivamente, conseguimos sufrir por partida doble.

Esta regla presenta otro inconveniente: si ponemos toda la atención en intentar dejar de sentirnos mal ¿qué espacio dejamos para encontrar aquello que nos hace sentir bien, lo que nos ilusiona, lo que nos hace disfrutar? Efectivamente, cada vez menos. Parece que la regla de “evitar lo que no nos gusta” no nos está ayudando, sino que más bien nos está enterrando.

El camino que propone esta carta es el de dejar de huir o luchar contra el sufrimiento y aceptarlo como parte inseparable de la vida. Por tanto, no trata sobre resignarse a sufrir, sino de trasladar la atención hacia cosas que den valor a nuestra vida porque nos hacen sentir bien y porque esta vez somos nosotros quienes las eligen.

¿Qué os ha parecido la carta? ¿Cuál es el camino que vosotros escogéis? Como siempre, os esperamos en los comentarios.


Eduardo Alonso - Terapeuta del CPA.






domingo, 22 de octubre de 2017

¡Sálvese quien pueda, los mensajes positivos nos persiguen!


Fotografía: Hada del lago, con licencia Creative Commons.

Seguramente hayas visto que hoy en día nos rodean por todos lados multitud de mensajes positivos que nos transmiten la idea de que nuestro día sea el mejor, o de que todo lo que nos propongamos estará a nuestros pies para conseguirlo. Lo vemos en bolígrafos, en agendas, en tazas, en frases junto a fotos en nuestras redes sociales… nos acompañan allá donde vamos. Parece que el único fin de estos mensajes es mostrarnos las ventajas de alcanzar la felicidad suprema, y motivarnos para que todos queramos alcanzarla pero, ¿qué puede haber de malo en esto? Vayamos un paso más allá.

Desde pequeños hemos aprendido a expresar como nos sentimos a través de las emociones, cumpliendo cada una de ellas una función. Así, las emociones positivas tales como la alegría, la satisfacción…están asociadas a conductas de aproximación y a la percepción de oportunidades, que permiten a las personas que las alcancen a través del aprendizaje. En el otro lado están las emociones negativas como la tristeza, la ira o la frustración, que nos permiten ante determinados sucesos poder enfrentarnos a ellos y aprender de los mismos, cumpliendo tanto las emociones positivas como las negativas una función adaptativa.


Podemos ver un ejemplo de esto en la película Del Revés (Inside Out) de Pixar que habla del papel que cumplen las emociones en la vida de la protagonista, quien junto a su familia se traslada a una nueva ciudad por motivos laborales de su padre, dejando atrás a sus amigos y el lugar donde ha crecido, teniendo un impacto negativo para ella. Más allá de hablar de la película, hay un aspecto que nos interesa especialmente y es el papel que se le da a una emoción en concreto: la tristeza, representada de color azul.


Fotografía: BagoGames, con licencia Creative Commons

La tristeza es una emoción que ha tenido y tiene una ventaja evolutiva, nos permite enfrentarnos a las pérdidas y adaptarnos a la nueva situación que suponen, estando implicada en nuestra toma de decisiones.

El hecho de querer alcanzar la felicidad máxima o estar feliz en todo momento, hace que en ocasiones podamos frustrarnos cuando no lo conseguimos, pudiendo generar una serie de desventajas, entre ellas:
  • No dejar hueco para que las emociones como la frustración, la incertidumbre o la tristeza, cumplan su función adaptativa. Popularmente se suele decir que, a veces, tenemos que equivocarnos para poder aprender, y es como consecuencia de estas situaciones donde aprendemos a gestionar los momentos complicados de nuestra vida.
  • Evitar sentir estos estados emocionales puede generar que percibamos unas circunstancias que no son ajustadas a la realidad, pues la verdad es que a veces existen momentos complicados y sentir estas emociones nos ayuda a afrontarlos y, sobre todo, a aprender, a no cometer el mismo error en el futuro o a saber gestionarlo en caso de que vuelva a ocurrir esa situación.
  • Creer que vamos a ser felices siempre o a conseguir todo lo que nos propongamos, nos hará difícil entender que en ocasiones no vamos a poder conseguirlo, generándonos frustración y malestar.

Pese a la importancia de permitirnos sentir todo tipo de emociones y de la utilidad de sentir emociones negativas en aquellas ocasiones en las que son necesarias, hay que conocer dónde está el límite. Si estas emociones negativas se intensifican, se mantienen a lo largo del tiempo y te generan un malestar intenso sin estar vinculadas a situaciones estresantes, puede indicar que han perdido su utilidad adaptativa y que podría ser conveniente solicitar ayuda psicológica. Si es así, en el CPA podemos ayudarte.

Nos gustaría finalizar esta entrada queriendo conocer vuestra opinión: ¿Cuál es vuestro punto de vista sobre este tema?, ¿Hay algo con lo que no estéis de acuerdo? Estaremos encantados de que lo compartas con nosotros en los comentarios de esta entrada.

Elena Ballesteros Guerrero – Terapeuta del CPA.

Bibliografía recomendada:

- Pedrosa, L. P. (2016). Estudio de las emociones en los personajes animados de Inside Out. Revista Mediterránea de Comunicación/Mediterranean Journal of Communication, 7(1), 31-45.

- Antonio, J. (2012). Afectividad positiva y personalidad. En J. Bermúdez, A.m. Pérez-García, J.A. Ruiz, P. Sanjuán y B. Rueda (Eds). Psicología de la Personalidad. (pp.291-328). Vizcaya, España: UNED.