El Centro de Psicología Aplicada pretende desde su blog, Psicología ComPartidA, divulgar la psicología en la comunidad universitaria con la intención de promover la salud física y mental. Nuestro objetivo es acercar el conocimiento a través de la publicación de artículos del ámbito psicológico y compartir noticias de actualidad.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Problemas sexuales femeninos

Hace una semanas, en una entrada del blog, hablábamos sobre los problemas sexuales que pueden experimentar los hombres (ver la entrada aquí). En esta ocasión, queremos dedicar el siguiente texto a los problemas que pueden sufrir las mujeres.

Quizás hayas sentido en alguna ocasión que el sexo no es lo tuyo, que no tienes mucho interés en mantener relaciones o que aunque sí lo tienes, no consigues disfrutarlas completamente. Es posible también que hayas tenido alguna mala experiencia en este ámbito, y te de miedo volver a repetirla. Por otra parte, puede que te preocupe el hecho de sentir dolor durante las relaciones o de no conseguir alcanzar el orgasmo. Quizás tengas dudas sobre si lo que te pasa es normal, o te plantees que tu cuerpo no funciona de manera natural. Todas estas situaciones y preguntas se dan a menudo entre las mujeres, y es importante tener información fiable al respecto, ya que existen muchas creencias erróneas sobre este aspecto y pueden llevar a empeorar la situación, con la consecuente frustración, miedo, sensación de aislamiento y de incomprensión, etc. que estos problemas conllevan. 
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En primer lugar, debéis saber que todas las mujeres en algún momento u otro hemos pasado por situaciones similares: falta de apetito sexual, dificultad para excitarnos, imposibilidad de llegar al orgasmo, dolor, etc. En muchas ocasiones se debe al estrés, causas hormonales, problemas en la relación de pareja… Sin embargo, cuando todo esto funciona correctamente, y en una situación normal, con una pareja deseada, somos incapaces de manera reiterada de tener relaciones sexuales satisfactorias, es importante detenerse a reflexionar sobre lo que está ocurriendo. Es posible que nos encontremos ante una disfunción sexual que probablemente se solucione con la terapia psicológica adecuada. Por ello, en este momento la ayuda de un psicólogo, especialista en pareja y sexualidad, podrá resultar de gran valor. Hablamos de una disfunción sexual cuando los problemas se repiten en casi todas o todas las ocasiones (aproximadamente 75%–100%) de la actividad sexual durante al menos 6 meses y no están causados por otro tipo de problema (como la depresión, consumo de sustancias, o incluso una alteración grave de la relación con la pareja).

Las disfunciones sexuales femeninas, al igual que las masculinas, pueden ser muy variadas. Dependiendo a la fase a la que afecta podemos distinguir entre trastornos del deseo o excitación, del orgasmo y trastornos por dolor. Los trastornos del deseo provocan que tu deseo de actividad sexual disminuya o desaparezca, tus pensamientos eróticos estén prácticamente ausentes y tu cuerpo no reaccione con interés ante las invitaciones sexuales. Además, si las relaciones llegan a producirse, no experimentas placer ni sensaciones genitales agradables. En los trastornos del orgasmo aunque hay deseo y excitación, se produce un retraso marcado del orgasmo y suele ser poco intenso, o incluso nunca llegar a ocurrir. Es importante cerciorarse de que la estimulación está siendo la adecuada, ya que por ejemplo, la mayoría de las mujeres no logran alcanzar orgasmos con estimulación únicamente vaginal pero sí con otros tipos de estimulación como la clitoriana, y esto no supone ningún trastorno. Por último, en el trastorno por dolor, es habitual que sientas dolor antes, durante o después de la penetración vaginal o incluso miedo a que ésta se produzca. Es importante recordar que estas situaciones han de repetirse en la mayoría de las relaciones sexuales durante al menos 6 meses para considerar que se trata de una disfunción sexual.

Igual que en los problemas masculinos, en las mujeres la ansiedad también juega un papel fundamental, pudiendo actuar como un factor de riesgo, precipitante o de mantenimiento del problema. Veamos un ejemplo que puede explicar el funcionamiento de la ansiedad. Un día, una mujer tiene una relación sexual insatisfactoria por algún motivo: falta de deseo hacia la persona con la que tiene la relación, estar en una época de estrés, estar cansada, etc. Esto le hace sentirse mal y le surgen dudas sobre por qué no ha sido capaz de disfrutarlo. Cuando en una ocasión futura, vuelve a presentarse la oportunidad de tener relaciones, probablemente muestre menor interés, y si finalmente comienza, esté demasiado pendiente de cómo se está sintiendo, y le asaltarán pensamientos como los siguientes “no estoy lo suficientemente excitada, no estoy lubricando, no sé si voy a llegar al orgasmo, debería estar disfrutándolo más, me va a doler…”. Estos pensamientos tendrán el efecto no deseado de disminuir o impedir que la excitación y el placer se produzcan, por lo que finalmente se confirmarán sus expectativas.

Además, la información sobre la sexualidad con la que cuentan muchas mujeres es insuficiente. Es necesario conocer nuestro propio cuerpo, saber que a cada mujer le gustan diferentes cosas y cada una alcanza el orgasmo o de disfruta de forma particular, ya que cada mujer es distinta. En muchos casos, se tienen expectativas poco razonables respecto al sexo, miedos y creencias erróneas que pueden producir estos problemas. Por ello, si te has sentido identificada con alguna de las situaciones de este texto y supone un problema para ti, no dudes en consultar con un profesional. Éste ajustará tus expectativas, te dará información fiable necesaria, y analizará tu situación para buscar una solución adecuada para ti. Esto ayudará no solo a que puedas disfrutar de tus relaciones sexuales sino a que puedas sentirte mejor contigo misma y con tu relación de pareja.
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Recuerda que existe tratamiento psicológico eficaz para todos los problemas que hemos visto, por lo que si te encuentras en una de estas situaciones, solicita la ayuda de un profesional. El CPA cuenta con una Asesoría de orientación sexológica para la comunidad universitaria donde puedes demandar asesoramiento sexológico de manera gratuita y confidencial. Esperamos que te sirva de ayuda,

Cristina de la Fuente. Terapeuta del CPA. 

miércoles, 15 de febrero de 2017

Comunicación en pareja: cómo negociar y solucionar conflictos

En una pareja, como en cualquier otra relación entre personas, pueden producirse desacuerdos y diferencias de opinión. Muchas veces estos desacuerdos surgen en situaciones cotidianas que pueden no tener la menor importancia como qué película ver en el cine o si salir o quedarse en casa la noche del viernes. Sin embargo, en numerosas ocasiones la pareja encuentra difícil ponerse de acuerdo sobre aspectos centrales de la relación o la convivencia, lo que puede dar lugar a la repetición de las mismas discusiones una y otra vez. Si a esto le añadimos que uno de los miembros de la pareja termine cediendo en la mayoría de las ocasiones, mientras que el otro siempre intenta imponer su punto de vista esto puede dificultar el ajuste entre ambos y producir un desgaste progresivo en la relación.

Es por esto por lo que una de las habilidades imprescindibles en una relación de pareja son las habilidades de negociación y resolución de problemas y conflictos.

Imagen: tanakawho, con licencia Creative Commons.
Entendemos la solución de problemas como una interacción entre dos personas dirigida a resolver un conflicto concreto entre ellos con el objetivo de llegar a un acuerdo de solución satisfactorio para ambos. Algunas normas generales que debes tener en cuenta son las siguientes (Costa y Serrat, 2010):
  • Discutir únicamente un problema a la vez. Puede ocurrir que hablar de un conflicto de la pareja con el objetivo de solucionarlo os lleve a otros complementarios que compliquen aún más el proceso y terminéis reprochándoos todo lo que el otro hace mal. Si es difícil resolver un problema, lo será más aún si son varios
  • Escuchar con atención. Esfuérzate en dar señales a tu pareja de que la estás escuchando atentamente. Para ello puedes recurrir a repetir lo que ha dicho con otras palabras antes de decir tu opinión. Esto hará que se sienta escuchada y comprendida.
  • Ser lo más neutral posible. El objetivo no es discutir ni humillarse mutuamente sino lograr resolver el problema.
Para solucionar un problema será imprescindible dedicar un tiempo a definirlo claramente antes de proceder a solucionarlo, por lo que podemos diferenciar el proceso en dos fases (Costa y Serrat, 2010).

FASE 1. Definición del problema:
  1. Intentar empezar por algo positivo. Esto facilita que el otro se muestre dispuesto a cooperar y se encuentre más receptivo. Por ejemplo, si tu objetivo es que tu pareja participe más en las tareas del hogar lo aceptará más fácilmente si le dices algo como: “Ya sé que últimamente tienes mucho trabajo y vuelves especialmente cansado, pero me gustaría que hicieras alguna tarea más en casa” que si le dices “No haces nada en casa”.
  2. Ser específico y no hacer interpretaciones. Debes describir el problema de tal forma que pudiera ser observado por una tercera persona tratando de que no contenga interpretaciones. Por ejemplo, el comentario “¡No me gusta que me humilles!”, no describe el comportamiento del otro de forma objetiva sino que es fruto de una interpretación de su conducta.
  3. Expresar tus sentimientos. Explica cómo te hace sentir el problema y el hecho de que la persona haga las cosas de esa forma.
  4. Admitir tu papel en el problema. Aceptar tu parte de responsabilidad en la disputa hará que la otra persona se sienta menos atacada y ayudará a que podáis encontrar una solución conjunta al problema. Por ejemplo: “Reconozco que no estoy haciendo la compra a la vuelta del trabajo, pero es algo que me resulta muy difícil”.
  5. Ser breve. Darle vueltas a lo que está ocurriendo, enumerar los ejemplos y anécdotas del pasado o preguntarse las razones que motivan ese comportamiento no sirve de ayuda para resolver el problema y solo hará que la conversación se alargue y ambos os sintáis peor.
FASE 2. Solución del problema: 
  1. Centrarse en la soluciones. Intentad buscar diversas soluciones sin importar lo absurdas que parezcan, siempre podréis descartarlas si no son de utilidad. Una vez comenzada esta fase no volváis a la fase de definir el problema añadiendo información, centraos en cómo podéis solucionarlo.
  2. El cambio debe incluir compromiso y reciprocidad. Ofrece ayuda al otro en su cambio y ofrécete a hacer cambios de tu propia conducta, no centréis todos los cambios en uno de los miembros de la pareja, la solución debe ser conjunta.
  3. Establecimiento de un acuerdo. Una vez que hayáis planteado varias opciones de solución, dedicad un tiempo a hablar las ventajas e inconvenientes de cada una de ellas, incluyendo las consecuencias para la relación y cada componente de la pareja. El acuerdo de cambio final debe ser muy específico y formulado de forma clara. También es conveniente que se defina cuándo se espera que ocurran esos cambios y con qué frecuencia.
En algunos casos puede resultaros de ayuda utilizar un contrato en el que consten los cambios que tiene que hacer cada uno y cuándo, cómo y dónde deben ponerse en marcha, así como los privilegios que cada uno de los dos desea. De esta forma puede establecerse de forma clara lo que obtendrá cada miembro de la pareja por hacer el cambio que le corresponde. Por ejemplo, si uno le pide al otro que haga la compra una vez a la semana, éste puede pedir un privilegio que sabe que su pareja puede realizar, como ir al cine juntos el fin de semana. Ambos miembros de la pareja deben sentir que han conseguido ciertas ventajas y que han ganado algo de valor. Esto hará que la negociación sea satisfactoria para ambos.

Estas son algunas pautas que pueden ayudarte a solucionar los desacuerdos que puedan surgir con tu pareja. Sin embargo, si lleváis mucho tiempo discutiendo y la relación se deteriora cada vez más, puede ser de ayuda la intervención de una persona que os ayude a llegar a un acuerdo y mejorar vuestra relación. Si es así, no dudes en solicitar la ayuda de un psicólogo.

Artículo redactado por Isabel Jurkowska, terapeuta del CPA.

Referencias:
  • Costa, M., y Serrat, C. (2010). Terapia de parejas: un enfoque conductual. Madrid: Alianza Editorial.

miércoles, 8 de febrero de 2017

¿Autoestima? ¿Qué es eso?

Es probable que en más de una ocasión hayas escuchado cosas como “esa persona tiene baja autoestima”, “necesito mejorar mi autoestima”, etc. Pero, ¿qué es realmente eso a lo que llamamos “autoestima”?

La “autoestima” está formada por las autoverbalizaciones que emitimos cuando nos valoramos. Dicho de manera más sencilla: la autoestima se compone de lo que nos decimos a nosotros mismos. Por ejemplo, podemos decir que somos buenos o malos estudiantes, que somos guapos o feos, etc.

El problema es que estas autoverbalizaciones no siempre aparecen solas. En ocasiones generan en nosotros emociones y a su vez pueden influir en cómo nos comportamos.  Por ejemplo, una persona que se dice a sí misma “soy un mal estudiante” puede que sienta malestar y además es posible que esa valoración influya en el hecho de que no se apunte a un curso que le gustaría hacer. 

Fotografía: David Marcu (unsplash), con licencia Creative Commons.
Quizá te hayas preguntado alguna vez cómo se puede mejorar la autoestima.

Pues bien, si nos basamos en la conceptualización que acabamos de presentar, para mejorar la autoestima primero tendríamos que identificar cuáles son las autoverbalizaciones acusadoras (críticas) que empleamos contra nosotros mismos. Una vez identificadas, tendremos que aprender a desafiarlas y a introducir verbalizaciones más realistas. Además, será aconsejable que también aprendamos a identificar nuestras cualidades positivas. Veamos estos pasos con más detalle:

Paso 1: Identificar las autoverbalizaciones acusadoras (autocríticas)

¿Qué forma pueden tener las críticas? En muchas ocasiones las críticas tienen forma de interpretaciones erróneas, de las cuales ya hemos hablado en otros artículos de este blog ("Diez formas de pensar que te amargarán el día"). Os recordamos algunas de las interpretaciones erróneas más comunes:
  • Hipergeneralización: a partir de un hecho aislado, hacemos una regla general y universal. Por ejemplo: si fracasamos una vez, siempre fracasaremos.
  • Exigencias: a veces la crítica se centra en cómo deberíamos ser, destacando que somos algo distinto a ello.
  • Pensamiento polarizado: llevamos las cosas a un extremo, las expresamos en categorías de blanco o negro, sin un término medio. Por ejemplo nos decimos que tenemos que ser perfectos o de lo contrario, no valemos nada.
  • Personalización: suponemos que todo tiene que ver con nosotros y nos comparamos negativamente con todos los demás.
  • Pensamiento no demostrable: Por ejemplo, suponemos que no gustamos a los demás, que no se interesan por nosotros, etc., sin tener pruebas de ello.

Hay que prestar atención a la aparición de críticas cuando nos sentimos tristes, enfadados, etc. También en situaciones sociales en las que interactuamos con extraños, con figuras de autoridad, cuando creemos que podemos ser rechazados o fracasar, etc.


Un ejemploJuan, que quiere “mejorar su autoestima”, ha identificado una autoverbalización que se dijo después de conocer la nota del examen teórico de conducir: “Soy un desastre, todo me sale mal. No voy a apuntarme a la próxima convocatoria de examen porque seguro que vuelvo a suspender”.

Paso 2: Desafiar a las críticas y aprender a valorarnos de forma realista

Una vez hemos identificado las críticas, el segundo paso consiste en desarmarlas y proponer valoraciones más realistas.

Algunas reglas básicas para valorarnos de forma realista son las siguientes:
  1. Usar un lenguaje no peyorativo. Por ejemplo, no decir “parezco tonto/a cuando hablo por teléfono” sino “me siento incómodo/a y me pongo algo nervioso/a por teléfono”.
  2. Usar un lenguaje preciso. Es importante cuestionarse si existen pruebas de aquello que decimos. Asimismo, hemos de tener cuidado y no exagerar los rasgos negativos, sino simplemente ser descriptivos. Por ejemplo, en vez de “torpe con el papeleo” decir “ocasionalmente me olvido de escribir cosas en las hojas de pedido”.
  3. Usar un lenguaje específico en vez de general. Tratar de eliminar términos como “siempre”, “nunca”, “totalmente”, etc. y, en línea con lo dicho en el apartado anterior, señalar las situaciones específicas a las que se aplica, en lugar de hacer generalizaciones. Por ejemplo, “pierdo todo” se puede cambiar por “ocasionalmente pierdo las llaves”.
En nuestro ejemplo, Juan podría pensar: “No siempre soy torpe, solo que a veces no me salen las cosas a la primera”. Y además añade: “Si me esfuerzo, estaré más cerca de lograr lo que me propongo”.

Paso 3: Identificar nuestras cualidades positivas

Nunca está de más reconocer nuestras dotes y cualidades positivas. Si te resulta difícil, te recomendamos que te contemples como lo hacen tus amigos o personas queridas.

Por ejemplo, Juan le preguntó a sus amigos cómo le veían, y esto le permitió darse cuenta de aspectos que no solía tener en cuenta: “Mis amigos me consideran una persona atenta y alegre. Lo cierto es que tienen razón, suelo interesarme por los demás y además trato de recibirles con una sonrisa”.


Y ahora… ¡a practicar!

Cuando hayas aprendido a realizar valoraciones realistas y además hayas identificado tus dotes, podrás sintetizar una descripción precisa de ti mismo/a y colocarla en un lugar visible. Además, también podrás pensar en frases positivas y tenerlas a mano (en la cartera, en la agenda, en el móvil) para poder leerlas y repetirlas cuando te sientas estresado/a o autocrítico/a.  Por ejemplo, Juan tiene una tarjeta en su cartera que dice: “Me considero una persona divertida y agradable, y tengo muy buenos amigos”.

Hemos de estar muy atentos. La forma negativa de hablar es un hábito muy arraigado , pero con la práctica lograremos emplear un lenguaje nuevo y construir una valoración más exacta y adaptativa.

Referencias:
  • McKay, M. y Fanning, P. (1991). Autoestima: Evaluación y mejora. Barcelona. Martínez Roca. 

Artículo redactado por Miriam Romero, terapeuta del CPA.

miércoles, 1 de febrero de 2017

¿Qué son los pensamientos obsesivos y qué puedo hacer ante ellos?

Comúnmente hablamos de que estamos obsesionados cuando tenemos un pensamiento que no nos podemos quitar de la cabeza. Sin embargo, muchas veces usamos la palabra obsesión cuando en realidad queremos decir preocupación, ya que la utilizamos refiriéndonos a un problema que nos genera malestar y al que dedicamos tiempo pensando posibles soluciones.

En psicología clínica, al hablar de obsesión nos referimos a pensamientos, imágenes o impulsos recurrentes y persistentes, que son experimentados como inapropiados por quien los tiene, y que generan mucha ansiedad y malestar (American Psychiatric Association, 2013).

Todo el mundo tiene pensamientos intrusos, ya que en cada situación, muchos pensamientos pasan por nuestra cabeza. Pero se convierten en un problema dependiendo de cómo reaccionemos ante ellos, más concretamente, dependiendo de si los evaluamos de un modo muy negativo. Como su contenido suele estar relacionado con temas importantes para la persona y ante los que es especialmente sensible, es probable que la primera vez que los tiene los evalúe de forma negativa y experimente angustia, culpa o vergüenza por tenerlos.

Por ejemplo, a una madre en un momento en el que su bebé no para de llorar, se le puede pasar por la cabeza el pensamiento de abandonarlo en la calle. Al igual que a una persona muy religiosa en un momento determinado se le puede venir a la cabeza una imagen blasfema. Si estas personas interpretan el hecho de haber tenido estos pensamientos como que son personas horribles por pensar esas cosas, sentirán mucha ansiedad y empezarán a temer la posibilidad de que estos pensamientos e imágenes se vuelvan a repetir.

Al experimentar tanta ansiedad, normalmente se intentan llevar a cabo acciones neutralizadoras para reducirla. Estas acciones no tienen por qué ser comportamientos “visibles”, sino que pueden ser actos mentales como rezar en silencio, contar, cambiar el pensamiento malo por uno bueno o decirse frases anuladoras como “soy una buena persona, nunca haría eso”.

Imagen: Marco Colín, con licencia Creative Commons
El problema está en que estas estrategias alivian la ansiedad a corto plazo. Además, utilizarlas ayuda a entrar en un ciclo obsesivo-compulsivo, ya que ante la preocupación por volver a tener estos pensamientos terribles, nuestra mente se pone en alerta. Al intentar evitar estos pensamientos, los tenemos más presentes y aparecen con mayor facilidad, generándonos más angustia. Esto hace que cada vez tengamos que usar con mayor frecuencia e insistencia la estrategia que hemos desarrollado para reducir la ansiedad.

Al final, esta estrategia es simplemente una solución temporal a nuestro problema, pero el ciclo pensamiento intruso - ansiedad se inicia nuevamente debido a esta actitud hipervigilante en la que tratamos de no pensar en aquello que tememos y a la interpretación que hacemos de esos pensamientos cada vez que aparecen.

Por tanto, si te ves atrapado en este ciclo obsesivo, ten en cuenta los siguientes puntos que te explicamos a continuación para empezar a afrontar adecuadamente tu situación:
  • Lo que te sucede es debido a la valoración negativa que haces de esos pensamientos intrusivos que tienes. A lo largo del día todas las personas tienen pensamientos intrusivos (positivos, negativos o neutros). La diferencia entre unas personas y otras está en la valoración que hacen de esos pensamientos y la importancia que les dan.
  • Es muy improbable que lleves a cabo los horribles actos o impulsos que aparecen en los pensamientos que te perturban.
  • Las estrategias de neutralización como rezar o contar empeoran la situación, ya que sólo funcionan de forma temporal para aliviar la ansiedad, pero no suponen un afrontamiento eficaz del problema.
  • El primer paso que puedes dar para salir del ciclo obsesivo, es empezar a cambiar la valoración negativa que haces de tus pensamientos y aceptar su presencia. Se trata de empezar a ver los pensamientos que temes como lo que son: simples pensamientos (como muchos otros que tienes a lo largo del día). Ten presente que pensar algo NO es lo mismo que hacer eso que piensas. Además, tus pensamientos intrusivos no dicen nada de la clase de persona que eres.
  • Cuando aparezca un pensamiento intrusivo, no trates de suprimirlo, evitarlo o controlarlo. Simplemente déjalo estar, observa cómo igual que viene se va, y no le des una importancia que realmente no tiene juzgándote a ti mismo por haber tenido ese pensamiento.

Por último, si a menudo te vienen a la cabeza pensamientos e imágenes desagradables que te perturban y te generan mucho malestar, lo mejor es que busques ayuda de un profesional para aprender estrategias como las que hemos comentado con las que salir del ciclo obsesivo. Recuerda que es un problema que tiene solución y es mucho más eficaz buscar la ayuda adecuada que esperar a que el problema desaparezca por sí solo.

Imagen: Iñaki Pérez, con licencia Creative Commons

Almudena Castelo González (Terapeuta CPA)

Referencias:
  • Gavino, A. (2008). El trastorno obsesivo-compulsivo. Manual práctico de tratamientos psicológicos. Madrid: Pirámide.
  • Moreno, P., Martín, J.C., García, J., y Viñas, R. (2008). Dominar las obsesiones. Una guía para pacientes. Bilbao: Desclée de Brouwer.
  • Pedrick, C. y Hyman, B. M. (2003). Guía práctica del TOC. Pistas para su liberación. Bilbao: Desclée de Brouwer.

miércoles, 25 de enero de 2017

Nosotros, los tuyos y los míos

Actualmente muchas parejas se separan y vuelven a rehacer sus vidas con otra persona. En algunas ocasiones en el seno de esta nueva unión pueden producirse disputas, ya que alguno de los miembros de esta nueva pareja puede generar expectativas y peticiones no realistas hacía su nuevo cónyuge. En otros casos el contacto con las ex parejas provoca en el nuevo cónyuge celos e inseguridad. Si a todo esto le sumamos la existencia de hijos de las relaciones anteriores, de uno o ambos cónyuges, todavía puede complicarse aún más la convivencia.

Fotografía: miltonhuallpa95, con licencia Creative Commons

Cabe recordar que se ha formado una nueva familia, y que cada cónyuge con sus hijos tienen unas pautas como familia distintas al otro cónyuge e hijos. Es decir, que presentan diferencias en la educación, horarios, costumbres, ocio, humor…

Es normal que pueda existir dificultad en la adaptación a la nueva situación por parte de los hijos e incluso de los cónyuges.

Puede existir la creencia irracional de que se tiene que querer a los hijos del otro,  y éstos querer al cónyuge de su padre o madre desde el primer día, por eso es necesario no forzar a que los hijos acepten desde el primer momento a la nueva pareja, como si se conocieran de siempre.

Para que estos nuevos nexos funcionen y sea posible un buen desarrollo de la nueva familia, es necesaria la aceptación, tolerancia, comprensión, comunicaciónsustituto.
or o  parejas de su progenitor como  se en que querer a los hijos del otro,  en comsustituto.
or o  parejas de su progenitor como  se en que querer a los hijos del otro,  en com y respeto mutuos.

Es necesario tener en cuenta los siguientes aspectos:
  • A veces los pequeños ven a las nuevas parejas de su progenitor como un competidor o intruso, que emerjan celos es un hecho normal. Se recomienda no forzar al menor a que lo acepte inmediatamente. Con el transcurso del tiempo puede modificar estos sentimientos en compañerismo, respeto y complicidad.
  • Esta nueva situación puede provocar dolor a los niños, ya que para ellos se reafirma que  sus padres ya no serán pareja.
  • El menor debe poder escoger cómo quiere que sea la relación con la nueva pareja de su progenitor, por eso no hay que utilizar expresiones como  “papá” o “mamá” como forma de dirigirse a la pareja de su padre/madre, ya que puede traer efectos negativos para el pequeño, ni tampoco reprenderle por llamarle por su nombre propio. Además, esto podría ocasionar dolor al otro progenitor.
  • Es apropiado discriminar los roles de cada cónyuge de la nueva familia, es decir, no coger el rol de padre o madre. Es beneficioso para el niño favorecer y reconocer la relación con el padre/madre que no vive con él. Motivo por el cual, es aconsejable que las decisiones sobre la educación, futuro de los hijos, sean aprobadas por el padre y la madre, aunque estos ya no estén juntos. Se puede lograr una fantástica relación sin la necesidad de ocupar la función de padre o madre, que además no corresponde.
  • Es aconsejable no hablar mal del padre o de la madre ausente delante del niño porque lo único que se obtiene es rencor y enfado, nunca cariño y unión.

Características de las nuevas familias:
  • Es más complicado poner los límites de la familia nueva, ya que muchos individuos de la familia no comparten parentesco sanguíneo. Por ejemplo: Puede haber tíos, abuelos, que en algunas ocasiones son denominados así, y con los cuales no comparten lazos sanguíneos, pero que se han convertido en ello.  “Probablemente los criterios de pertenencia, aparte de los sanguíneos, sean de frecuencia en el trato, familiaridad y confianza, a la vez que cariño en las relaciones” (Serrat-Valera y Larrazábal, 2008). Cuando  haya que poner límites, es recomendable que cada padre o madre se los ponga a sus hijos.
  • La planificación del tiempo libre y ocio suele ser más complejo ya que se tiene que coordinar con todos los miembros de la familia, incluso a veces, compaginar con los otros progenitores que no viven con los pequeños.

Si te surge cualquier dificultad en esta nueva situación, no dudes en consultar a un profesional. En el CPA podemos ayudarte.

Artículo redactado por Débora Navarro, terapeuta del CPA.

Referencias:
  • Serrat-Valera, C. y Larrazábal, M. (2008). ¡Adiós, corazón!. Madrid: Alianza Editorial.