El Centro de Psicología Aplicada pretende desde su blog, Psicología ComPartidA, divulgar la psicología en la comunidad universitaria con la intención de promover la salud física y mental. Nuestro objetivo es acercar el conocimiento a través de la publicación de artículos del ámbito psicológico y compartir noticias de actualidad.

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lunes, 14 de junio de 2021

Nuestro cuerpo también es nuestro contexto

 Cuántas veces habremos visto en la televisión anuncios como “pierde peso en tan solo dos semanas” o “nuevo método fácil y milagroso para obtener la figura que deseas”. Con estos mensajes lo que se promueve es única y exclusivamente la pérdida de peso como condición para estar “bien” físicamente y saludable.  Pero, nada más lejos de la realidad. Fijarnos única y exclusivamente en el peso es algo demasiado simplista, sería uno de los miles indicadores que podría cambiar en un proceso de hábitos alimentarios. Y, destacamos el podría porque hay veces que no cambia, o cambia muy poco, pero nuestro estado corporal y psicológico sí ha mejorado (p. ej., un mayor bienestar psicológico, más energía, más fuerza, distintos resultados en analíticas, determinado porcentaje de grasa, etc.). Si nos centramos únicamente en este indicador, podemos frustrarnos e incluso llegar a “obsesionarnos” con el número que marca la báscula.

 Foto de Aptitud creado por pereslavtseva con licencia Creative Commons

Centrándonos únicamente en el peso, dejamos de lado aspectos tan importantes como aprender a elegir los alimentos que consumimos teniendo en cuenta nuestras necesidades o apetencias, la calidad de los alimentos que consumimos, identificar nuestras señales de hambre y saciedad, a flexibilizar nuestra forma de ingerir y, sobre todo, a tener una relación saludable con la comida.

Además, muchas de las dietas que se hacen con el único objetivo de perder peso se basan en ingerir menos calorías de las que se consumen, algo bastante desfasado. Básicamente, porque engordar, tener sobrepeso o obesidad, no depende de una única causa, sino que es algo multifactorial y depende en gran medida de nuestro contexto.

Por esto mismo, es muy importante que tengamos en cuenta el ambiente donde nos movemos y el impacto que éste tiene en nuestros hábitos, en nuestros cuerpos y en nuestras conductas. Muchas veces tenemos la presión social de tener un físico determinado, estar más delgado/a, más “fit" o cualquier autoexigencia que nos imponemos, bajo la creencia de que lo conseguiremos únicamente haciendo “dieta”, y nada más lejos de la realidad. No vivimos en una cajita de laboratorio donde podemos controlar todas las variables, y menos mal. Sino que nos movemos en un contexto y éste tiene sus particularidades, las cuales no podemos dejar de lado si tratamos de entender nuestra conducta alimentaria.

Por lo tanto, me gustaría explicaros algunos factores de nuestro contexto, que no son determinantes pero influyen en nuestra relación con la comida;

  • El acceso y el tipo de comida. Nos remontemos al paleolítico o la época de nuestros abuelos, el acceso a la comida requería de cierto esfuerzo. Tenían que cazar, cultivar, recolectar o simplemente prepararla. Ahora, tenemos acceso a la comida con mucha facilidad; nuestras despensas, en el supermercado de abajo o llamando para que nos la traigan a casa.  Además, la industria alimentaria se ha encargado de hacer alimentos cada vez más palatables, es decir, que generen más placer al ingerirlos y por lo tanto, nuestras ganas de consumirlos sean cada vez mayores.
  • Vemos comida por todos los sitios. Ya no es únicamente que sea más accesible, sino que estamos rodeados de estímulos que nos incitan a comer, en la televisión, en las redes sociales, en grandes anuncios por las calles. Además, en muchas ocasiones la publicidad alude a estados emocionales fomentando el comer emocional. A quien no le suena eso de “Tómate un respiro, tómate un…”. Si quieres saber más sobre el comer emocional te invito a leer esta entrada: http://psicologia-cpa.blogspot.com/2019/01/comer-emocional-cuando-nos-alimentamos.html
  • Nos movemos mucho menos. Nuestros trabajos cada vez requieren menos movimiento y más silla. Pero no solo eso, nuestro ocio también ha cambiado, cada vez implica más Netflix, más redes sociales, más videojuegos, más sofá y menos calle.
  • El contexto urbanístico. En muchas ocasiones parece que las ciudades no han sido construidas para las personas sino para los vehículos. Grandes carreteras y estrechas aceras, mucho asfalto y poco verde, ¿a quién le va a apetecer moverse por estos lares?.
  • Nuestra cultura. La cultura del lugar donde nacemos influye muchísimo en la forma en la que nos relacionamos con la comida. ¿Cuántas celebraciones giran en torno a grandes comidas?, ¿cómo premiamos los grandes logros?, ¿cómo te relacionas con tus amigos/as? Te sonará lo de “Oye, ¿nos tomamos algo y te pongo al día?”. Y esto no es algo negativo, es parte de nuestra cultura y de nuestra forma de relacionarnos, querer eliminar esto, probablemente nos llevaría a aislarnos.
  • El estrés. Vivimos en la sociedad de la rapidez y la inmediatez, estresados/as con mil tareas que hacer. Ello nos lleva a declinarnos por alimentos más palatables y a ingerir cantidades más grandes de comida, ya que solemos comer más rápido y esto nos dificulta hacernos conscientes de nuestras señales de saciedad. Todo ello a su vez, puede llevarnos al comer emocional, aprendemos a regular nuestras emociones desagradables con comida. ¿Te suena lo de: “hoy me lo merezco”?.
  • La historia personal de cada uno/a. La forma en la que hemos aprendido a comer desde pequeños/as, si en nuestras casas teníamos unos hábitos, qué tipo de comida ingeríamos, si se nos premiaba con comida, etc. Todo esto influirá en la manera en que nos relacionamos con la comida y que haga más o menos fácil cambiar esos hábitos.
  • Mi estado físico y mi imagen corporal. Esto podrían considerarse las propias consecuencias. Si mi movimiento durante mucho tiempo ha sido escaso, puede que tenga problemas respiratorios y/o articulares y probablemente hacer ejercicio o alguna actividad física implicará un sobreesfuerzo. Además, la propia insatisfacción corporal también puede llevar a la evitación de ciertas conductas que limiten la actividad física, como por ejemplo: no ir al gimnasio por miedo a las burlas. 

Por lo tanto, como hemos podido ver, hay una gran cantidad de factores que influyen en nuestro modo de relacionarnos con la comida. Pero, algo que tiene que ser clave para empezar a cambiar nuestros hábitos es saber desde dónde quiero hacer cambios en mis hábitos alimentarios: ¿desde el rechazo de mi cuerpo o desde la aceptación?, ¿desde una imposición social porque se supone que mi cuerpo no es correcto o desde una decisión propia?, ¿desde la pérdida de peso por una cuestión estética o desde el cambio de hábitos por una cuestión de salud (¡física y psicológica!)?. Pero sobre todo recuerda: tu cuerpo es válido sea como sea.

Àngela Revert - Terapeuta del CPA.

lunes, 22 de marzo de 2021

Entendiendo el miedo a engordar

La comida  es el combustible que permite que el cuerpo pueda funcionar correctamente, ya que a través de la alimentación obtenemos energía para que el cuerpo pueda llevar a cabo todas las funciones necesarias del día a día, tales como el proceso de digestión, además de actividades como subir las escaleras o leer un libro. Siendo la comida un elemento tan fundamental para nuestro desarrollo y supervivencia, ¿cómo es posible que lleguemos a restringir nuestra alimentación o ésta se convierta en algo aversivo? En este post analizaremos algunas claves para entender el miedo a engordar.

¿Qué es el miedo?

El miedo es un mecanismo de supervivencia  que nos ha sido útil a lo largo de la historia para sobrevivir. En el momento que interpretamos algo de nuestro entorno como un peligro, la emoción de miedo aparece y nos avisa de la necesidad de emitir una conducta de huida cuando existe dicha amenaza. Para entender mejor este concepto, imaginemos el ejemplo de nuestros antecesores. En concreto imaginemos uno de esos primeros hombres, que sale en busca de alimento y se topa con una bestia con garras y dientes afilados.En ese momento, se dispara su respuesta de miedo, lo que influye en que huya corriendo y, por tanto, sobreviva.

Sin embargo, por nuestra historia de aprendizaje, en ocasiones también sentimos miedo ante elementos que no representan una amenaza real para nuestra supervivencia. Un ejemplo sería el caso de aquellas personas que tienen pavor al metro ya que, tal vez, tras una mala experiencia en la que sintieron mucho miedo viajando en metro terminasen asociando el miedo a ese medio de transporte, y al final aprenden que si ponen un pie en él, está en riesgo su supervivencia.

El miedo a… engordar

¿Entonces, es posible tener miedo a engordar? Por supuesto que sí. Podemos aprender que ciertos elementos de nuestro alrededor son una amenaza, aunque realmente no se traten de peligros para nuestra supervivencia. Actualmente, vivimos en un momento histórico característico, con una sociedad modernizada, en la que, por ejemplo, ya no tenemos que salir de caza para obtener alimentos, por lo tanto, también hemos ido desarrollando nuevos peligros que tal vez no tienen una repercusión directa sobre nuestra supervivencia, pero afectan por ejemplo a la hora de relacionarnos con los otros, lo cual es muy importante para nosotros como individuos.

Foto de Ketut Subiyanto en Pexels con licencia Creative Commons

A lo largo de nuestra vida vamos aprendiendo cómo desenvolvernos por el mundo, tanto por experiencias directas como por observación de las personas de nuestro alrededor. Muchos de estos aprendizajes empiezan desde que somos pequeños, por ejemplo, toda la información a la que estamos expuestos sobre los cánones de belleza imperantes. En publicidad y en películas, por ejemplo, nos muestran constantemente determinadas características de la imagen corporal asociadas a éxito a distintos niveles. Por otro lado, también aprendemos de nuestras propias experiencias. Por ejemplo, cuando de pequeños acudimos a una revisión con el pediatra y éste nos dice: “está al borde del sobrepeso…tiene que adelgazar”. En ese momento, una figura de autoridad como es un médico, nos está diciendo que nuestro peso tiene repercusiones negativas para nuestra salud, por lo que podríamos concluir que es necesario bajar de peso. También, en ocasiones, podemos haber experimentado en nuestra propia piel la recepción de comentarios críticos de nuestro entorno sobre nuestra imagen, lo que puede influir en que nos sintamos rechazados/as. Incluso podemos observar que aquellas personas que cumplen con los cánones de belleza establecidos en el momento parecen tener más éxito a nivel social.

Estas experiencias pueden ir influyendo en que las personas podamos llegar a experimentar  miedo a engordar por las posibles repercusiones que hemos aprendido que puede tener para nosotros/as, sobre nuestra salud o nuestras relaciones sociales (aunque, paradójicamente, esto no se ajuste a cómo funciona la realidad).

Pongamos el ejemplo de una persona que pesa 75 kg y mide 1,70 cm con este miedo a engordar, para ello, comienza a perder peso a través de una dieta hipocalórica. Va progresivamente perdiendo peso, pero ese miedo persiste, por lo que además de la dieta, empieza a hacer ejercicio compulsivamente, a saltarse comidas y prohibirse ciertos alimentos que considera muy calóricos, consiguiendo bajar a 50 kg. Pero… ha bajado 25 kg y sigue teniendo miedo a engordar. ¿Cómo es posible que pese a este bajón de peso la persona siga teniendo ese miedo a engordar?

Como hemos comentado anteriormente, cuando sentimos miedo con mayor probabilidad pondremos en marcha una serie de conductas que nos sean útiles para escapar del peligro que percibimos. En este caso, algunas personas quizás comiencen a restringir su alimentación, prohibiéndose ciertos alimentos, y a realizar ejercicio físico en exceso, con el fin de evitar esa ganancia de peso. Estas conductas, a corto plazo, podrían resultar útiles para calmar el malestar que puede suponer subir de peso y otorgan cierta sensación de control sobre el mismo. Sin embargo, a largo plazo estos mismos comportamientos podrían influir en el mantenimiento del miedo, ya que no son estrategias que ayuden a superar ese miedo, sino que además, podrían aumentar la probabilidad de que surjan ciertas repercusiones para la persona como un bajo estado de ánimo, alta activación psicofisiológica, dificultades de concentración, alteración del sueño, disminución de la autoestima, etc.

Por todo lo anterior, podríamos llegar a la conclusión de que la clave del miedo a engordar no radica en el peso, sino en el miedo. El miedo a engordar permanece independientemente del peso perdido; nunca será suficiente la pérdida de peso. Hay que desmontar la falsa promesa de que cuando se llegue a ese peso ideal, un número determinado en la báscula, todo irá bien y se solucionará el problema.

Si en algún momento te has sentido identificada/o a lo largo de este post, y sientes que no puedes manejar tu malestar, no dudes en ponerte en manos de un/a profesional. En el CPA, podemos ayudarte.

Andrea Sánchez – Terapeuta del CPA


jueves, 8 de enero de 2015

Nuevos programas de Intervención Psicológica Online.

¿Estás estresado/a? ¿Das mil vueltas en la cama sin poder dormir? ¿Llevas tiempo queriendo mantener un peso adecuado? ¿Has intentado dejar de fumar sin éxito? ¿Crees que lo has probado todo? 
  

Esta vez, los propósitos para el nuevo año no tienen por qué caer en saco roto. Es posible alcanzar tus objetivos con ayuda psicológica especializada. El Centro de Psicología Aplicada (CPA) pone a disposición de cualquiera que le interese varios Programas de Intervención Psicológica on-line centrados en la Salud.  Estos son los Programas que ofrecemos (pincha en las imágenes para verlas más grandes):

1.    Vivir sin fumar: recibirás la ayuda necesaria para poder dejar de fumar de forma definitiva.



2.    Des-estrés-ate: te enseñará a afrontar y gestionar tu trabajo de forma más adecuada reduciendo el estrés.

3.    Con-figura-te: te servirá para adquirir hábitos más saludables que te ayudarán a mejorar tu peso y bienestar.

4.    @Dormir: te ayuda a superar las dificultades para dormir y aumentará tu calidad del sueño.
Todos estos programas de intervención contienen las herramientas necesarias para recuperar hábitos saludables. Lo que los diferencia es que no son cursos, donde el aprendizaje es más pasivo, sino que estos Programas ayudan a la persona para que comience desde el principio a lograr mejoras y alcanzar determinados objetivos de forma progresiva.

Comienzan en febrero y la inscripción permanecerá abierta hasta el 20 de enero o la terminación de las plazas. Si deseas más información sobre alguno de programas o inscribirte puedes hacerlo a través de la web del CPA, llamando al  91 497 86 87 o enviando un correo cpa@uam.es.