El Centro de Psicología Aplicada pretende desde su blog, Psicología ComPartidA, divulgar la psicología en la comunidad universitaria con la intención de promover la salud física y mental. Nuestro objetivo es acercar el conocimiento a través de la publicación de artículos del ámbito psicológico y compartir noticias de actualidad.

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lunes, 6 de junio de 2022

¿Por qué nos importa tanto nuestra imagen corporal?

No es raro escuchar a nuestro alrededor a personas disconformes con su imagen corporal: "me gustaría no tener pelo aquí", "si mis caderas fueran más estrechas, estaría mejor", "no tengo las cejas simétricas", "si tuviera más hombro, las camisetas me quedaría bien". 

Ahora bien, ¿qué entendemos por imagen corporal? Si bien puede ser una definición algo compleja, se podría definir como aquella representación interna del propio cuerpo (de su totalidad, sus partes, su movimiento, límites de este) y los pensamientos, emociones y conductas que la persona hace y experimenta hacia él.

Teniendo esto en cuenta, ¿cómo una persona llega a realizar valoraciones negativas sobre su físico? No se trata de un proceso que ocurra de un día para otro, sino de una historia de situaciones y aprendizajes que tienen como resultado la aparición de estos pensamientos. Dentro de estas variables encontramos la socialización, puesto que, a través de ella, se aprenden los cánones de belleza. En medios de comunicación, la cultura, redes sociales, se ven reforzados cuerpos delgados a través de su visibilización en anuncios de televisión, de “likes” en Instagram, de seguidores en TikTok… Asimismo, el papel de las familias y las amistades juegan un papel crucial, en el que se proporcionan distintos halagos hacia ciertos aspectos físicos, o por el contrario críticas y/o burlas hacia otros distintos (p. ej., “¡qué bien te queda el pelo largo y liso!”; “¡Uy…! Vaya barriguita estás echando, ¿no?”).

Estos aprendizajes pueden materializarse en el día a día en conductas que ayudan a mantener este malestar: atención selectiva hacia las partes que son fuentes de preocupación (p. ej., fijarme siempre en mis brazos que no me gustan y no prestar atención a mis manos que sí me gustan), evitación de situaciones en las que se anticipa malestar por exponer el propio cuerpo (p. ej., no salir de fiesta en verano por miedo a que los demás vean los brazos al descubierto) y rituales de comprobación a través de los cuales se pretende aliviar el malestar (p. ej., preguntar a mis amigas cómo se ven mis brazos, si están bien y si se ven bonitos con esta ropa).




Imagen de Andrea Piacquadio en Pexels 

A la vista de ello, parece que se le da una gran importancia al valor estético del cuerpo, dejando de lado el “para qué sirve” este. Así, exponerse a la propia imagen a través de verbalizaciones negativas relacionadas con el valor estético del cuerpo favorecerá que cada vez se experimente mayor malestar hacia aquellas partes con las que pudiéramos no estar conformes (p. ej., si yo al mirar mis brazos en el espejo me digo a mi mismo/a que dan asco o que son horribles, acabaré asociándolos a sensaciones desagradables). Sin embargo, el hecho de poder comprender que el cuerpo nos permite vivir una vida y que cada parte tiene una función (p. ej., las piernas nos permiten andar, correr, saltar; los ojos nos permiten ver; las cejas permiten que el sudor no caiga a los ojos etc.), y no tanto dándole ese valor estético, facilitará que podamos exponernos a aquellas situaciones que vayan en línea con nuestros objetivos.

No obstante, esto no hará necesariamente que nos gusten todas y cada una de nuestras partes del cuerpo. Recordemos que la socialización crea un aprendizaje muy consolidado que dicta aquello que debe gustarnos y aquello que no, y este no puede verse transformado de un día para otro. Sin embargo, este no debe ser el objetivo, sino el hecho de poder llevar a cabo aquellos objetivos vitales que nos hayamos planteado sin que el hecho de que cierta parte del cuerpo pueda no gustarnos nos impida llevarlos a cabo (p. ej., si tengo organizado un viaje a la playa con mis amigos/as, poder ir al viaje y disfrutar de su compañía; poder salir de fiesta al cumpleaños de un amigo/a).

Rocío Angulo de la Iglesia – Terapeuta del CPA

lunes, 14 de junio de 2021

Nuestro cuerpo también es nuestro contexto

 Cuántas veces habremos visto en la televisión anuncios como “pierde peso en tan solo dos semanas” o “nuevo método fácil y milagroso para obtener la figura que deseas”. Con estos mensajes lo que se promueve es única y exclusivamente la pérdida de peso como condición para estar “bien” físicamente y saludable.  Pero, nada más lejos de la realidad. Fijarnos única y exclusivamente en el peso es algo demasiado simplista, sería uno de los miles indicadores que podría cambiar en un proceso de hábitos alimentarios. Y, destacamos el podría porque hay veces que no cambia, o cambia muy poco, pero nuestro estado corporal y psicológico sí ha mejorado (p. ej., un mayor bienestar psicológico, más energía, más fuerza, distintos resultados en analíticas, determinado porcentaje de grasa, etc.). Si nos centramos únicamente en este indicador, podemos frustrarnos e incluso llegar a “obsesionarnos” con el número que marca la báscula.

 Foto de Aptitud creado por pereslavtseva con licencia Creative Commons

Centrándonos únicamente en el peso, dejamos de lado aspectos tan importantes como aprender a elegir los alimentos que consumimos teniendo en cuenta nuestras necesidades o apetencias, la calidad de los alimentos que consumimos, identificar nuestras señales de hambre y saciedad, a flexibilizar nuestra forma de ingerir y, sobre todo, a tener una relación saludable con la comida.

Además, muchas de las dietas que se hacen con el único objetivo de perder peso se basan en ingerir menos calorías de las que se consumen, algo bastante desfasado. Básicamente, porque engordar, tener sobrepeso o obesidad, no depende de una única causa, sino que es algo multifactorial y depende en gran medida de nuestro contexto.

Por esto mismo, es muy importante que tengamos en cuenta el ambiente donde nos movemos y el impacto que éste tiene en nuestros hábitos, en nuestros cuerpos y en nuestras conductas. Muchas veces tenemos la presión social de tener un físico determinado, estar más delgado/a, más “fit" o cualquier autoexigencia que nos imponemos, bajo la creencia de que lo conseguiremos únicamente haciendo “dieta”, y nada más lejos de la realidad. No vivimos en una cajita de laboratorio donde podemos controlar todas las variables, y menos mal. Sino que nos movemos en un contexto y éste tiene sus particularidades, las cuales no podemos dejar de lado si tratamos de entender nuestra conducta alimentaria.

Por lo tanto, me gustaría explicaros algunos factores de nuestro contexto, que no son determinantes pero influyen en nuestra relación con la comida;

  • El acceso y el tipo de comida. Nos remontemos al paleolítico o la época de nuestros abuelos, el acceso a la comida requería de cierto esfuerzo. Tenían que cazar, cultivar, recolectar o simplemente prepararla. Ahora, tenemos acceso a la comida con mucha facilidad; nuestras despensas, en el supermercado de abajo o llamando para que nos la traigan a casa.  Además, la industria alimentaria se ha encargado de hacer alimentos cada vez más palatables, es decir, que generen más placer al ingerirlos y por lo tanto, nuestras ganas de consumirlos sean cada vez mayores.
  • Vemos comida por todos los sitios. Ya no es únicamente que sea más accesible, sino que estamos rodeados de estímulos que nos incitan a comer, en la televisión, en las redes sociales, en grandes anuncios por las calles. Además, en muchas ocasiones la publicidad alude a estados emocionales fomentando el comer emocional. A quien no le suena eso de “Tómate un respiro, tómate un…”. Si quieres saber más sobre el comer emocional te invito a leer esta entrada: http://psicologia-cpa.blogspot.com/2019/01/comer-emocional-cuando-nos-alimentamos.html
  • Nos movemos mucho menos. Nuestros trabajos cada vez requieren menos movimiento y más silla. Pero no solo eso, nuestro ocio también ha cambiado, cada vez implica más Netflix, más redes sociales, más videojuegos, más sofá y menos calle.
  • El contexto urbanístico. En muchas ocasiones parece que las ciudades no han sido construidas para las personas sino para los vehículos. Grandes carreteras y estrechas aceras, mucho asfalto y poco verde, ¿a quién le va a apetecer moverse por estos lares?.
  • Nuestra cultura. La cultura del lugar donde nacemos influye muchísimo en la forma en la que nos relacionamos con la comida. ¿Cuántas celebraciones giran en torno a grandes comidas?, ¿cómo premiamos los grandes logros?, ¿cómo te relacionas con tus amigos/as? Te sonará lo de “Oye, ¿nos tomamos algo y te pongo al día?”. Y esto no es algo negativo, es parte de nuestra cultura y de nuestra forma de relacionarnos, querer eliminar esto, probablemente nos llevaría a aislarnos.
  • El estrés. Vivimos en la sociedad de la rapidez y la inmediatez, estresados/as con mil tareas que hacer. Ello nos lleva a declinarnos por alimentos más palatables y a ingerir cantidades más grandes de comida, ya que solemos comer más rápido y esto nos dificulta hacernos conscientes de nuestras señales de saciedad. Todo ello a su vez, puede llevarnos al comer emocional, aprendemos a regular nuestras emociones desagradables con comida. ¿Te suena lo de: “hoy me lo merezco”?.
  • La historia personal de cada uno/a. La forma en la que hemos aprendido a comer desde pequeños/as, si en nuestras casas teníamos unos hábitos, qué tipo de comida ingeríamos, si se nos premiaba con comida, etc. Todo esto influirá en la manera en que nos relacionamos con la comida y que haga más o menos fácil cambiar esos hábitos.
  • Mi estado físico y mi imagen corporal. Esto podrían considerarse las propias consecuencias. Si mi movimiento durante mucho tiempo ha sido escaso, puede que tenga problemas respiratorios y/o articulares y probablemente hacer ejercicio o alguna actividad física implicará un sobreesfuerzo. Además, la propia insatisfacción corporal también puede llevar a la evitación de ciertas conductas que limiten la actividad física, como por ejemplo: no ir al gimnasio por miedo a las burlas. 

Por lo tanto, como hemos podido ver, hay una gran cantidad de factores que influyen en nuestro modo de relacionarnos con la comida. Pero, algo que tiene que ser clave para empezar a cambiar nuestros hábitos es saber desde dónde quiero hacer cambios en mis hábitos alimentarios: ¿desde el rechazo de mi cuerpo o desde la aceptación?, ¿desde una imposición social porque se supone que mi cuerpo no es correcto o desde una decisión propia?, ¿desde la pérdida de peso por una cuestión estética o desde el cambio de hábitos por una cuestión de salud (¡física y psicológica!)?. Pero sobre todo recuerda: tu cuerpo es válido sea como sea.

Àngela Revert - Terapeuta del CPA.

lunes, 22 de marzo de 2021

Entendiendo el miedo a engordar

La comida  es el combustible que permite que el cuerpo pueda funcionar correctamente, ya que a través de la alimentación obtenemos energía para que el cuerpo pueda llevar a cabo todas las funciones necesarias del día a día, tales como el proceso de digestión, además de actividades como subir las escaleras o leer un libro. Siendo la comida un elemento tan fundamental para nuestro desarrollo y supervivencia, ¿cómo es posible que lleguemos a restringir nuestra alimentación o ésta se convierta en algo aversivo? En este post analizaremos algunas claves para entender el miedo a engordar.

¿Qué es el miedo?

El miedo es un mecanismo de supervivencia  que nos ha sido útil a lo largo de la historia para sobrevivir. En el momento que interpretamos algo de nuestro entorno como un peligro, la emoción de miedo aparece y nos avisa de la necesidad de emitir una conducta de huida cuando existe dicha amenaza. Para entender mejor este concepto, imaginemos el ejemplo de nuestros antecesores. En concreto imaginemos uno de esos primeros hombres, que sale en busca de alimento y se topa con una bestia con garras y dientes afilados.En ese momento, se dispara su respuesta de miedo, lo que influye en que huya corriendo y, por tanto, sobreviva.

Sin embargo, por nuestra historia de aprendizaje, en ocasiones también sentimos miedo ante elementos que no representan una amenaza real para nuestra supervivencia. Un ejemplo sería el caso de aquellas personas que tienen pavor al metro ya que, tal vez, tras una mala experiencia en la que sintieron mucho miedo viajando en metro terminasen asociando el miedo a ese medio de transporte, y al final aprenden que si ponen un pie en él, está en riesgo su supervivencia.

El miedo a… engordar

¿Entonces, es posible tener miedo a engordar? Por supuesto que sí. Podemos aprender que ciertos elementos de nuestro alrededor son una amenaza, aunque realmente no se traten de peligros para nuestra supervivencia. Actualmente, vivimos en un momento histórico característico, con una sociedad modernizada, en la que, por ejemplo, ya no tenemos que salir de caza para obtener alimentos, por lo tanto, también hemos ido desarrollando nuevos peligros que tal vez no tienen una repercusión directa sobre nuestra supervivencia, pero afectan por ejemplo a la hora de relacionarnos con los otros, lo cual es muy importante para nosotros como individuos.

Foto de Ketut Subiyanto en Pexels con licencia Creative Commons

A lo largo de nuestra vida vamos aprendiendo cómo desenvolvernos por el mundo, tanto por experiencias directas como por observación de las personas de nuestro alrededor. Muchos de estos aprendizajes empiezan desde que somos pequeños, por ejemplo, toda la información a la que estamos expuestos sobre los cánones de belleza imperantes. En publicidad y en películas, por ejemplo, nos muestran constantemente determinadas características de la imagen corporal asociadas a éxito a distintos niveles. Por otro lado, también aprendemos de nuestras propias experiencias. Por ejemplo, cuando de pequeños acudimos a una revisión con el pediatra y éste nos dice: “está al borde del sobrepeso…tiene que adelgazar”. En ese momento, una figura de autoridad como es un médico, nos está diciendo que nuestro peso tiene repercusiones negativas para nuestra salud, por lo que podríamos concluir que es necesario bajar de peso. También, en ocasiones, podemos haber experimentado en nuestra propia piel la recepción de comentarios críticos de nuestro entorno sobre nuestra imagen, lo que puede influir en que nos sintamos rechazados/as. Incluso podemos observar que aquellas personas que cumplen con los cánones de belleza establecidos en el momento parecen tener más éxito a nivel social.

Estas experiencias pueden ir influyendo en que las personas podamos llegar a experimentar  miedo a engordar por las posibles repercusiones que hemos aprendido que puede tener para nosotros/as, sobre nuestra salud o nuestras relaciones sociales (aunque, paradójicamente, esto no se ajuste a cómo funciona la realidad).

Pongamos el ejemplo de una persona que pesa 75 kg y mide 1,70 cm con este miedo a engordar, para ello, comienza a perder peso a través de una dieta hipocalórica. Va progresivamente perdiendo peso, pero ese miedo persiste, por lo que además de la dieta, empieza a hacer ejercicio compulsivamente, a saltarse comidas y prohibirse ciertos alimentos que considera muy calóricos, consiguiendo bajar a 50 kg. Pero… ha bajado 25 kg y sigue teniendo miedo a engordar. ¿Cómo es posible que pese a este bajón de peso la persona siga teniendo ese miedo a engordar?

Como hemos comentado anteriormente, cuando sentimos miedo con mayor probabilidad pondremos en marcha una serie de conductas que nos sean útiles para escapar del peligro que percibimos. En este caso, algunas personas quizás comiencen a restringir su alimentación, prohibiéndose ciertos alimentos, y a realizar ejercicio físico en exceso, con el fin de evitar esa ganancia de peso. Estas conductas, a corto plazo, podrían resultar útiles para calmar el malestar que puede suponer subir de peso y otorgan cierta sensación de control sobre el mismo. Sin embargo, a largo plazo estos mismos comportamientos podrían influir en el mantenimiento del miedo, ya que no son estrategias que ayuden a superar ese miedo, sino que además, podrían aumentar la probabilidad de que surjan ciertas repercusiones para la persona como un bajo estado de ánimo, alta activación psicofisiológica, dificultades de concentración, alteración del sueño, disminución de la autoestima, etc.

Por todo lo anterior, podríamos llegar a la conclusión de que la clave del miedo a engordar no radica en el peso, sino en el miedo. El miedo a engordar permanece independientemente del peso perdido; nunca será suficiente la pérdida de peso. Hay que desmontar la falsa promesa de que cuando se llegue a ese peso ideal, un número determinado en la báscula, todo irá bien y se solucionará el problema.

Si en algún momento te has sentido identificada/o a lo largo de este post, y sientes que no puedes manejar tu malestar, no dudes en ponerte en manos de un/a profesional. En el CPA, podemos ayudarte.

Andrea Sánchez – Terapeuta del CPA


lunes, 8 de marzo de 2021

Tu cuerpo no es tu enemigo

Llevamos mucho tiempo escuchando razones para no aceptar nuestro cuerpo, para cambiarlo. Porque está mal, porque no es bonito, porque no se ajusta a la norma o porque “no-es-sano”. ¿Cuántas veces te has sentido insatisfecho/a con tu cuerpo?, ¿cuántas veces has pensado: cuando tenga “ese cuerpo” seré feliz? o “cuando tenía X cuerpo era más feliz”. 

Te pregunto, ¿eras feliz porque habías alcanzado “ese cuerpo” o porque habías dejado de preocuparte tanto por tu físico, ¿cuánto tiempo de tu vida han ocupado estas preocupaciones?, ¿demasiado? seguramente.

¿Qué te parece si empezamos a aceptarlo? a mí, una idea estupenda.

Foto de Sinitta Leunen en Pexels

En primer lugar, me gustaría aclarar que aceptarlo no significa resignarse. Cuando hablamos de aceptar nuestro cuerpo no hablamos de “abandonarse”, de no cuidarnos y que no nos importe nuestra salud ni nuestra apariencia. Cuando hablamos de aceptarlo nos referimos a no castigarnos por tener el cuerpo que tenemos. A aceptarlo tal y como es. Valorarlo por todo lo que nos permite hacer, desde el cuidado, el cariño y el respeto. Se trata de hacer aquellas cosas que estén bajo nuestro control para poder sentirnos mejor. ¿Le hablaríamos a un amigo o amiga tal y como nos hablamos a nosotros/as mismos/as para que cambiase? no lo creo, seguramente no tendríamos amigos/as.

Si pusiésemos esto en un continuo, en un extremo tendríamos la resignación y el abandono y en el otro extremo el castigo, la culpa y la exigencia por cambiarlo. Justo en el punto medio (donde dicen que está la virtud), la aceptación.

En segundo lugar, es importante tener en cuenta el contexto en el que nos encontramos. No nacemos odiando nuestro cuerpo, aprendemos a hacerlo. Vivimos bajo lo que se denomina la cultura de la dieta, un sistema de creencias donde se premia la delgadez. La asociamos con salud y éxito, y castigamos todo aquello que se aleje de este patrón físico y de comportamiento (por ej., seguir una dieta, comer determinados alimentos, hacer ejercicio, adelgazar, etc.). ¿Cuántos comentarios positivos reciben aquellas personas que son delgadas?, ¿cuántos reciben las personas que tienen sobrepeso?. ¿Qué características asociamos a una y a otra persona?. 

Además de lo anterior, nos puede resultar útil revisar nuestras expectativas para aceptar nuestro cuerpo. ¿Qué es un cuerpo perfecto?, ¿el ideal que vemos en redes sociales, televisión y revistas?. Aquí me gustaría que tuviésemos varias cosas en cuenta:

  • Primero, ¿Qué cuerpo quiero conseguir?. Quiero un cuerpo delgado, esbelto y sin un milímetro de grasa porque eso es lo que se supone correcto. ¿Es un objetivo realista?, ¿es realmente sano?. Aquí sería necesario pararnos a pensar y buscar información sobre aquello que es realmente saludable y “lo que nos han vendido como saludable”. Además de tener en cuenta si es posible compaginar esta autoexigencia con otras actividades y prioridades que tenemos a lo largo de nuestro día a día.
  • Segundo, ¿Con quién me comparo?. La mayoría de las veces, por no decir siempre, lo que vemos en redes sociales no coincide con la realidad. Poses estudiadas, medidas al milímetro, retocadas y sino filtradas. ¿Es justa la comparación que haces entre esa foto y tu imagen delante del espejo? Además, muchas veces estas comparaciones las hacemos centrándonos en nuestros aspectos más negativos, los que menos nos gustan, aquellos que más malestar nos provocan, focalizándonos única y exclusivamente en eso y dejando de lado todo lo demás. Solemos comparar lo que consideramos “lo peor” de nosotros/as con lo mejor de los demás. ¿Injusto verdad?.
  • Tercero, ¿un cuerpo perfecto solo tiene que ver con la apariencia?. Quizás también tengamos que tener en cuenta todo aquello que nuestro cuerpo nos permite hacer, es decir, lo funcional que es. Desde levantarnos de buena mañana, ir a trabajar, hacer todas las tareas, bailar, andar, sentir placer, etcétera. Un sin fin de actividades. Y, muchas veces, hace todo eso a pesar de que lo tratemos despectivamente, desapreciándolo. Sigue ahí, permitiéndonos hacer un montón de cosas.
  • Cuarto, ¿Existe el cuerpo perfecto? No, no existe, porque la perfección depende de los ojos de quién la mire. Hay cuerpos que se pueden acercar más al modelo imperante de belleza socialmente establecido, pero eso no significa que sean perfectos, solo significa que se acercan más a un patrón. Hay miles de cuerpos, diferentes todos ellos. 

¿Qué es más importante para ti: tu salud o tu físico?. Muchas veces nos encontramos bajo argumentos de “es por salud” o “lo digo por tu salud”, aludiendo a que tenemos que adelgazar o estar delgados. Sin embargo, si lo único que buscamos es un físico perfecto, esta búsqueda se guiará por la exigencia hacia algo impuesto, algo a lo que tenemos que llegar. Quizás nos moveremos por normas como “tengo que hacer una hora de ejercicio diario”, “tengo que comer sin grasas”, “tengo que perder tres kgs”, “tengo que ganar más músculo”, “no tengo que salir tanto con mis amigas” (porque siempre bebo alcohol) y un largo etcétera. Pero, como la perfección no existe y estamos buscando un físico irreal, con mucha probabilidad estaremos insatisfechas con nuestro cuerpo, y es probable que podamos experimentar con frecuencia frustración y rabia hacia nosotras mismas. En cambio, si nos guiamos por el valor de estar sana, elegiremos comer más verduras a sabiendas de que también tenemos la opción de comernos un ultraprocesado. Elegiremos movernos más, y no nos importará tanto si un día podemos hacer diez minutos de ejercicio en lugar de una hora, porque ambos van en la misma dirección, cuidar de nuestra salud. 

Por último, me gustaría plantearte un ejercicio. Ponte delante del espejo y escucha aquello que te dices a ti misma/o sobre tu cuerpo. ¿Cuántas frases son positivas?, ¿cuántas negativas?. ¿Cómo te hacen sentir?, y sobre todo, ¿para qué te sirven?.

Si sientes que no puedes lidiar con el malestar que te genera la relación con tu físico o quieres mejorarla, en el CPA podemos ayudarte.

 

Àngela Revert - Terapeuta del CPA

lunes, 18 de mayo de 2020

Todo lo que necesitas saber sobre la "operación bikini"


Es oficial, se acerca el verano y, con él, el calor, los pantalones cortos, los días de playa y la probabilidad, casi segura, de tener que enseñar nuestro cuerpo (¡oh no!). Esto puede ser una fuente de estrés importante, especialmente para aquellas personas que están insatisfechas con su imagen corporal.  Es en este momento en el que la “operación bikini” se presenta como la solución a todos nuestros “problemas”. Pero ¿nos hemos parado a pensar todo lo que hay detrás de esta operación (in)falible? ¡Te lo contamos aquí!

         Fotografía de Pexels con licencia Creative Commons

1) Se presenta como una solución, pero realmente forma parte del problema. La importancia que le da nuestro contexto social a la imagen corporal es, junto con nuestra propia experiencia, uno de los principales factores que determinan la valoración que hacemos de nuestro cuerpo. Nadie nace con complejos, los vamos aprendiendo a través de lo que vivimos y de los mensajes que nos manda la sociedad. ¿Y qué aprendemos de la “operación bikini”?  Pues que nuestra silueta es muy importante (especialmente en verano, que todos la ven), que necesitas tener “el cuerpo 10” para poder ponerte bikini y que, si no es tu caso, mejor ponte bañador. Y remarco “el”, en singular, porque a pesar de existir tantos cuerpos como personas, parece ser que sólo hay uno digno de ser exhibido, concretamente uno bastante inalcanzable: el de la modelo que nos vende el bikini (modelo que, muchas veces, ha sido retocada con un fantástico programa de edición, ¡ni si quiera ella tiene “el cuerpo 10”!). No parece muy justo, ¿no? Precisamente es así como se fabrican complejos, a través de mensajes que nos llevan a pensar que solo hay una forma de ser bellos y que hacen que valoremos nuestro propio cuerpo de manera negativa y poco realista. Y es aquí donde la operación bikini se nos presenta como la solución a un “problema” que ella misma ha contribuido a crear (¡es un negocio redondo!).

2) Nos puede afectar a todos, pero se dirige especialmente a las mujeres. Aunque es cierto que la presión por lucir un cuerpo “perfecto” la vivimos de alguna manera tanto mujeres como hombres, la realidad es que esta operación parece estar dirigida especialmente a aquellas personas que quieran lucir bikini. Podrían haberla llamado “operación bañador” o, incluso y más general, “operación playa”, pero probablemente habría sido menos eficaz a la hora de cumplir su objetivo: conseguir que las mujeres invirtamos durante todo el año cantidades ingentes de tiempo, esfuerzo y dinero en conseguir “el cuerpo 10”. De hecho, si te paras a pensar, verás que hay mucha gente interesada en continuar fabricando complejos. ¿Cuántas industrias dejarían de existir si a las mujeres nos importase un pimiento nuestra imagen? Pues eso.

3) Es un timo, basado en el principio de aprendizaje por asociación.  Se trata de una operación que, más que un cuerpo, nos vende todo el éxito y la felicidad que se asocia a él. ¿Cómo? Pues a través de anuncios, películas y series de televisión que nos muestran gente exitosa que, casualmente, tiene “el cuerpo 10”. De esta manera, nos hacen creer que si consiguiésemos acercarnos a ese ideal, seríamos automáticamente felices. Sin embargo, la realidad a la que nos enfrentamos es muy diferente, aunque buscar “el cuerpo 10” puede ir acompañado de emociones muy positivas, el camino para conseguirlo suele estar lleno de sufrimiento y frustración; vamos, ¡justo lo contrario a lo que nos habían prometido! Además, a todo esto, hay que añadirle el hecho de que, muchas veces, las dietas que se hacen como parte de la operación bikini no solo no funcionan, sino que pueden llevarnos a ganar más peso del que teníamos al comenzar (por si no estabas lo suficientemente frustrado/a). Si quieres saber por qué pasa esto te lo explicamos en esta entrada de blog: https://psicologia-cpa.blogspot.com/2020/05/que-piensas-si-te-digo-que-sigo-una.html

4) ¡HAY ALTERNATIVA! Sí, has oído bien, es posible sentirnos bien sin necesidad de pasar por todo esto. Eso sí, requiere de trabajo, tiempo, y, muchas veces, de la ayuda de un profesional. No obstante, desde aquí queremos trasmitirte que los complejos, igual que se aprenden, se pueden desaprender, y que ser críticos con los mensajes que los sustentan es el primer paso para conseguirlo. Además, las relaciones entre lo que pensamos, sentimos y hacemos, son bidireccionales. ¿Qué quiere decir esto? Que al igual que podemos esperar a “vernos bien” para ponernos un bikini, también podemos empezar a ponérnoslo sin sentirnos del todo a gusto para, posteriormente, con trabajo y tiempo, comenzar a estarlo. No obstante, somos conscientes de que se trata de un camino complejo, así que te dejamos una breve guía que te podría interesar https://psicologia-cpa.blogspot.com/2015/04/titulo-atrapado-en-tu-propio-cuerpo.html

Como siempre, esperamos que este post te haya gustado y haya sido de utilidad.

Jone Martínez Bacaicoa – Terapeuta del CPA.

Bibliografía


Pérez Álvarez, M. (2004). Las emociones desde el punto de vista conductista. En M. Pérez Álvarez, Contingencia y drama: La psicología según el conductismo (pp. 125-156). Madrid: Minerva




lunes, 27 de abril de 2015

Atrapado en tu propio cuerpo



Foto: Fermin Grodira, con licencia creative commons
¿Estás satisfecho o satisfecha con tu imagen corporal? ¿Cuánto? ¿Cambiarías algo? Probablemente tu satisfacción no sea, ni mucho menos, completa. Además, si eres mujer es  probable que tu insatisfacción sea más elevada. Diversos estudios científicos han demostrado que, en todas las edades, las mujeres tienen mayor insatisfacción con su imagen corporal y con su peso que los hombres. No obstante, también se está encontrando en los últimos años que el descontento de la imagen corporal en los hombres es cada vez mayor.

La insatisfacción corporal es una de las variables que mejor predice el desarrollo de problemas  de la conducta alimentaria. Desde luego, llegar a desarrollar un problema psicológico de este tipo depende de la interacción de múltiples variables, de entre todas ellas  uno de los factores de predisposición más influyentes es el contexto social.