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lunes, 19 de octubre de 2015

Ya tienes dos tareas: enfadarte y desenfadarte

¿Cuántas veces has oído a tu madre decir: “No ME HAGAS enfadar”? Pues ya puedes decirle: “¡Mamá! ¡Te enfadas sola! Yo no soy responsable de tu enfado”.

¿Y cómo puede ser?

Foto: Xabier Otegi, con licencia Creative Commons

Cada uno es responsable de las emociones que experimenta. Las emociones son personales, es decir, de uno mismo. Yo tengo la responsabilidad de trabajar la alegría si quiero estar alegre. Por ejemplo, que hoy te encuentras un poco aburrido y quieres que esa emoción se convierta en alegría, pues es responsabilidad tuya ponerte a hacer algo que te guste, llamar a un amigo, salir a dar un paseo o ver una peli. Es responsabilidad tuya realizar las conductas que mejor te hagan sentir, o al menos que te faciliten experimentar aquellas emociones que deseas. Porque a veces también nos apetece estar tristes y es totalmente legítimo y funcional (en ocasiones).

El enfado es exactamente igual.

¿Y si un amigo traiciona mi confianza contando un secreto? ¿No es culpa suya que me enfade? NO. Estoy segura de que alguna persona en el planeta Tierra no se enfadaría por ese mismo suceso. Por lo tanto, no a todas las personas se les genera enfado con las mismas cosas.

Por ejemplo, a ti puede enfadarte que tu pareja deje las zapatillas en el salón, y es posible que a ella eso no le enfade; es posible que, por el contrario, a tu pareja le moleste que no friegues justo después de cenar, y a ti eso no te enfade. Por lo tanto, un mismo suceso genera enfados en unas personas y en otras no. ¿El criterio quién lo pone? ¿La otra persona? No. Lo pones tú.

Y muchos me diréis: “Ya, pero si él sabe que me enfada que haga eso, ¡al final es su responsabilidad!” Y vuelvo a repetirte: NO. Él puede haber tenido poco cuidado para no herirte, o se le puede haber olvidado que te molestaba, o simplemente estaba cansado. Eres tú quien elige que eso te enfada. Tú has seleccionado, de entre todas las cosas del mundo, lo que te enfada y lo que no.

Y una vez que queda claro que es tu responsabilidad enfadarte, te diré también que ¡es responsabilidad tuya DESENFADARTE!

“Pero, si ella ha sido la que se ha equivocado, ¿no debería ser ella la que me pidiera perdón?”. Esta vez SÍ, aunque a medias. No es que ella ‘debiera hacerlo’, sino que a ti te gustaría que se disculpara. Muchas veces no obtenemos una disculpa o un perdón de la persona que nos ofende y seguimos siendo nosotros los que elegimos si seguir o no con el enfado.

Además, es responsabilidad tuya aceptar esas disculpas y disolver tu enfado. Y además -¡y esto es lo más difícil!- es responsabilidad tuya hacerle saber a la otra persona que te ha ofendido. ¿Por qué? Porque el ser humano es muy inteligente, pero ¡NO ES ADIVINO! Una persona no puede saber si algo te ha molestado si no se lo haces saber.

Y aquí me volveréis a contestar: “Sí, pero si me conoce suficiente sabrá qué me pasa y por qué”. Y de nuevo: NO rotundo. Es cierto que cuanto más la conoces más probabilidades tienes de acertar a la hora de saber qué le gusta y qué no. Pero esto no es una ciencia exacta, no siempre nos damos cuenta de las emociones que siente el de al lado, ¡y es completamente normal! Por ello, haz saber a la persona con la que HAS DECIDIDO enfadarte el porqué de ese enfado y -¡más importante aún!- qué necesitas para desenfadarte. Y me volveréis a decir: “Pero si me conoce ¡sabrá que quiero para que me desenfade!”. Y te volveré a decir: NO. No somos adivinos. Ahorramos mucho tiempo y mucha energía (porque estar enfadados gasta mucha glucosa) si le hacemos saber a la otra persona qué necesitamos para desenfadarnos. Además, ¡es la manera en la que más ganas! Aprovecha la ocasión y di: “Papá, necesito un buen estofado para que se me pase el enfado”, “Cariño, vamos a la cama y me olvido del tema” (el sexo es uno de los mejores reconciliadores)… o muchas veces lo único que necesitamos es un perdón sincero: “Sólo necesito que te disculpes sinceramente porque me he sentido muy mal”.

Y aún después de todo esto, alguno me seguirá diciendo: “Sí, pero es que de verdad, que yo no me quiero enfadar, ¡pero es que mi madre va buscándome!”. Y aquí cederé un poco. Es cierto que muchas veces la otra persona sabe qué es lo que te enfada y lo hace a propósito. Por eso también existe la funcionalidad del enfado.

Enfadarse no es malo, de hecho es funcional. Nos sirve para algo: nos permite expresar nuestro descontento ante algo que ha sucedido o ante alguien que ha realizado alguna conducta que no nos ha gustado. Nos permite transmitir a la otra persona, e incluso, a nosotros mismos que algo no nos ha gustado. De esta manera disminuimos la probabilidad de que lo que no nos ha gustado vuelva a ocurrir.

Así que como conclusión: ENFADARSE NO ES MALO, es malo mantenerlo oculto y no ponerle solución. ENFADARSE Y DESENFADARSE SON RESPONSABILIDADES DE CADA UNO.

Cualquiera puede enfadarse, eso es muy fácil. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y de la forma correcta, eso ciertamente, no resulta tan fácil”. Aristóteles.

Artículo redactado por Alba Luque, terapeuta del CPA.

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