El Centro de Psicología Aplicada pretende desde su blog, Psicología ComPartidA, divulgar la psicología en la comunidad universitaria con la intención de promover la salud física y mental. Nuestro objetivo es acercar el conocimiento a través de la publicación de artículos del ámbito psicológico y compartir noticias de actualidad.

Los comentarios enviados por la comunidad serán sometidos a un proceso de moderación antes de ser publicados.

Mostrando entradas con la etiqueta escuchar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta escuchar. Mostrar todas las entradas

lunes, 19 de febrero de 2018

¿Sabemos escuchar cuando nos cuentan un problema? 9 estrategias para aprender a escuchar mejor

Fotografía: Pixaby, con licencia Creative Commons.

Ponte en situación: un/a amigo/a está muy triste porque su pareja ha decidido romper la relación. ¿Qué crees que le responderías en ese momento?

a)      Estate tranquilo/a. Ya verás cómo en un tiempo estás mejor y encuentras a alguien que te trate mejor. Todo va a ir bien.
b)      ¿Te ha dicho por qué ha decidido dejarte?
c)      No te preocupes. Lo mejor que puedes hacer es borrarle de las redes sociales y dejar de pensar en él/ella.
d)      Estando así no vas a conseguir nada. Se ha portado fatal contigo y no se merece que te pongas así.
e)      Vaya, se te ve muy triste por lo que ha ocurrido. Tiene que ser difícil estar en tu situación ahora mismo.

Es muy habitual que cuando alguien nos cuenta un problema no sepamos muy bien cómo reaccionar ni qué decir. Además, dado que a menudo nos duele ver a esa persona afectada, buscamos aliviar rápidamente su malestar (y, de paso, el nuestro).

En consecuencia, solemos emitir respuestas que tratan de modificar la emoción o animar  a la persona a pasar a la acción lo antes posible. En el ejemplo del inicio, se ven algunas respuestas típicas encaminadas a estos objetivos: consolar o animar (respuesta a), investigar lo que ha ocurrido (respuesta b), dar consejos para solucionar la situación (respuesta c) o juzgar cómo está actuando la persona (respuesta d).
Sin embargo, no es extraño que nuestro interlocutor, ante esas respuestas, reaccione con frases como “sí, claro, qué fácil es decirlo” o “no me entiendes”. E incluso que no reaccione así pero se sienta mal. Pero, ¿por qué ocurre esto?

Cuando respondemos a los problemas de la otra persona con respuestas como las anteriores, de una forma encubierta estamos diciéndole que lo que está sintiendo en ese momento no es adecuado, no tiene sentido o no nos parece bien. En resumen, estamos juzgando, sin quererlo, la forma en la que esa persona se siente, por lo que podemos hacer que la persona se sienta poco entendida. Además, le estamos pidiendo que haga algo para cambiar su emoción cuando probablemente la persona no esté preparada en ese momento para ello. Esto puede generar en ella agobio y malestar. Por último, le podemos estar transmitiendo que no debería tener emociones desagradables en su vida, lo cual es un objetivo inalcanzable, ya que a lo largo de la vida necesariamente vamos a tener situaciones que nos hagan sentir mal.

¿Qué puedo hacer entonces?
Para aumentar la probabilidad de que la persona se sienta cómoda, entendida y acogida, es importante que en un primer momento permitamos que la persona sienta esa emoción. En resumen, se trata de hacer sentir a nuestro interlocutor que sus respuestas emocionales tienen sentido y son entendibles en el contexto de lo que ha ocurrido.

Es lo que en Psicología conocemos como validación emocional, esto es, permitir y aceptar que la otra persona se sienta tal y como se siente, legitimando sus reacciones emocionales y dándoles la importancia necesaria, sin juzgarlas.

Pero, ¿cómo se validan las emociones?
A continuación, te proponemos algunos pasos que puedes seguir:

1.      Escuchar atentamente. Permite que la persona exprese cómo se siente. Aunque es difícil, trata de prestarle toda tu atención, no centrándote en qué vas a responder después. Probablemente, lo que más necesite la persona que te está hablando es alguien que la escuche y esté ahí. Mientras te lo cuenta, puedes acompañarla diciendo palabras como “vaya”, “entiendo”, “qué duro”…
  
2.      Respetar cómo se siente la otra persona. Aunque puedas no estar de acuerdo con cómo reacciona la persona (“yo no estaría así”, “no lo entiendo”), se trata de contemplar la posibilidad de que esa persona se pueda sentir así por lo que le ha ocurrido, aunque no lo compartas o entiendas necesariamente. 

3.      Dar una respuesta empática. Podemos transmitirle el tipo de emociones que vemos en ella (tienes un ejemplo de la respuesta “e” del ejercicio del inicio). “Te veo preocupado/a”, “por lo que me dices, debes de estar muy enfado/a”, etc.

4.      Preguntarle por cómo se siente. Si no nos ha contado cómo se siente, una opción es preguntárselo directamente. “Vaya, ¿y cómo te sientes con lo que ha pasado?”.

5.      Validar/normalizar la emoción. Consiste en hacerle ver que la forma en la que se está sintiendo es comprensible teniendo en cuenta la situación. “Es entendible que estés así”, “tiene que haber sido muy difícil para ti”, etc.

6.      No es recomendable dar un consejo si la persona no nos lo pide. Si le damos el consejo sin que haya habido una petición previa, puede entender que lo que está haciendo está mal, que no estamos de acuerdo con cómo está afrontando la situación o que nosotros lo haríamos mejor.

7.      Ofrecer nuestra compañía. Tras haber validado y atendido a sus respuestas emocionales, si lo valoramos conveniente, podemos preguntarle por lo que necesita o desea en ese momento. Además, podemos ofrecer nuestra ayuda, preguntando si hay algo que podamos hacer por él/ella.

8.      Guiar para la acción. También podemos ayudar a la persona a que vaya clarificando qué quiere hacer con lo que está ocurriendo. Así, conseguiremos que la persona comience a enfocarse a la acción y que perciba capacidad para afrontar la situación. “¿Has pensando en qué te gustaría hacer ahora?, ¿qué te planteas hacer con esto?”.

9.      Pensar en nuestras experiencias. Además de tener en cuenta los puntos anteriores, puede serte de ayuda pensar en algún momento en el que hayas compartido con alguien un problema. ¿Qué te hubiera gustado recibir por parte de la otra persona?, ¿qué necesitabas en ese momento? Reflexionando al respecto, podrás identificar otros comportamientos que te sean de ayuda.


Cristina Aristimuño de las Heras - Terapeuta del CPA. 

miércoles, 8 de marzo de 2017

Ey! Desconecta un momento, te estoy hablando

¿Cuántas veces has dicho esta frase o te la han dicho a ti? ¿Te preocupa la cantidad de horas invertidas en mirar Facebook, Twitter, WhatsApp, Outlook, Gmail, noticias, juegos...? ¿Alguna vez has pensado "le van a atropellar" viendo a alguien cruzar en rojo con el smartphone en la mano? ¿Has llegado tarde al trabajo por volver a casa a por el móvil porque estar sin él te produce mucho malestar?

Las nuevas tecnologías simplifican nuestros quehaceres diarios y tienen gran atractivo por diversas razones: ofrecen una respuesta rápida a las demandas que hacemos, interactividad y acceso a múltiples ventanas con diferentes actividades. El uso es positivo siempre que no se dejen de lado el resto de actividades propias de una vida normal, pero comienza a ser un problema cuando su uso se convierte en un fin y no en un medio. Es decir, un hábito aparentemente inofensivo, como es la utilización del smartphone, puede convertirse en adictivo al interferir gravemente en la vida cotidiana a nivel familiar, académico, laboral, económico, social o de salud.

Imagen libre de derechos con Licencia Creative Commons.
Características de la conducta adictiva a Internet y a las redes sociales
Lo que diferencia a una persona adicta a Internet y a las redes sociales de alguien que no lo es es la forma en la que la persona se relaciona con ellas. Es decir, un persona hace un uso normal de su smartphone cuando puede hablar por teléfono o conectarse a Internet por la utilidad o el placer de la conducta en sí misma; una persona hace un mal uso cuando busca aliviar emociones negativas o el malestar que le produce no hacerlo o la posibilidad de no hacerlo en un tiempo determinado. A continuación se exponen algunas de las características de la conducta adictiva:
  • Uso excesivo asociado a una pérdida de control: los comportamientos adictivos se vuelven automáticos, emocionalmente activados y con poco control cognitivo, es decir, el adicto sopesa los beneficios de la gratificación inmediata, pero no repara en las posibles consecuencias negativas a largo plazo.
  • Aparecen síntomas de abstinencia (ansiedad, depresión, irritabilidad) ante la imposibilidad temporal de acceder a Internet o a las redes sociales.
  • Se establece la tolerancia: necesidad creciente de aumentar el tiempo de conexión a Internet o a las redes sociales para sentirse satisfecho.
  • Se producen repercusiones negativas en la vida cotidiana: aislamiento, bajo rendimiento, desinterés por otros temas, trastornos de conducta, problemas económicos, sedentarismo, obesidad, etc
  • Falta de conciencia o inconsciencia sobre la conducta adictiva: suele ser un suceso muy negativo (fracaso escolar, bajo rendimiento laboral, aislamiento social, presión familiar…) el que le hace tomar conciencia del problema y normalmente no son las personas afectadas las que buscan ayuda, es su entorno el que lo hace.
Señales de alarma
Las señales que se indican a continuación te pueden ayudar a identificar una posible dependencia a Internet o a las redes sociales. Éstas pueden ser reflejo del paso de una afición a una adicción:
  • Privarse de sueño para estar conectado a la red (<5 horas).
  • Descuidar otras actividades importantes, como el contacto con la familia, las relaciones sociales, el estudio, el trabajo o el cuidado de la salud.
  • Recibir quejas en relación con el uso de la red o el móvil de alguien cercano, como pareja, padres, o hermanos.
  • Pensar en la red constantemente (navegar o red social) y sentirse irritado excesivamente cuando la conexión falla o resulta muy lenta.
  • Intentar limitar el tiempo de conexión o de uso, pero sin conseguirlo, y perder la noción del tiempo.
  • Mentir sobre el tiempo real que se está conectado.
  • Aislarse socialmente, mostrarse irritable y bajar el rendimiento académico y/o laboral.
  • Sentir una euforia y activación anómalas cuando se está conectado.
Conductas como mirar el móvil o conectarse a Internet nada más levantarse y ser lo último que se hace antes de acostarse; reducir el tiempo de las tareas cotidianas como comer, dormir, estudiar o charlar, configuran el perfil de un adicto a Internet o a las redes sociales. Una vez más, lo importante no es el número de horas conectado a la red sino el grado de interferencia en la vida cotidiana.

Imagen de Giancarlo Granda, con Licencia Creative Commons.
Estrategias de prevención
  1. Limitar el uso de aparatos electrónicos: limitación del tiempo de conexión y fijar lugares en los que poder conectarse (ej. en el salón sí, en las habitaciones no).
  2. Usar Internet o las redes sociales para quedar y hacer planes con los amigos cara a cara.
  3. Dedicar tiempo y potenciar otras aficiones (lectura, cine, actividades culturales…).
  4. Estimular la práctica de deporte y las actividades en equipo.
  5. Desarrollar actividades grupales, como las vinculadas al voluntariado.
  6. Estimular la comunicación y el diálogo en la propia familia o núcleo de convivencia.
En nuestra sociedad, el uso de la nueva tecnología, Internet y las redes sociales está muy generalizado e incrustado en el día a día. Resultaría muy complicado adaptarnos sin este tipo de tecnología, pero ya que no podemos prescindir de ella es importante conocer los límites y cuidarnos en este sentido. No abusar de ellas y cuidar otros aspectos de nuestra vida serán pautas imprescindibles para mantenernos prevenidos de la adicción. 

Antes de terminar es importante señalar que muchas personas aquejadas con este tipo de problema se niegan a reconocer el problema; otros muchos no buscan ayuda terapéutica; otras la solicitan, pero abandonan la terapia al cabo de una o dos sesiones; otros muchos, tras el tratamiento, acaban por recaer; y otros, por último, abandonan los hábitos adictivos por sí mismos, sin ayuda terapéutica. Si tienes un problema de este tipo o conoces a alguien que lo tenga, no dudes en consultar con un especialista. En el CPA podemos ayudarte. 


Imagen de Sanmai, con Licencia de Creative Commons.
Artículo redactado por Amanda López Ibáñez
Referencias: